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martes, 28 de diciembre de 2010

MANOS A LA OBRA



Rafael Gallegos

Carlos Andrés Pérez, un político fundamental: polémico, carismático, con guáramo, demócrata y con dos  discutibles obras de gobierno. Político de nacimiento. Cuando muchacho reaccionó ante el castigo de un maestro advirtiéndole: cuando yo sea Presidente de la República ya verá. En 1.945, a los veintitrés años, Betancourt se lo llevó a Miraflores como uno de sus secretarios privados. Luego sufrió cárcel y exilio durante la dictadura del militar Pérez Jiménez. 

Como ministro de Relaciones Interiores de Betancourt en los sesenta le correspondió enfrentar, con un guáramo que ya quisieran muchos,  intentonas golpistas desde la izquierda y desde la derecha. El barcelonazo, el porteñazo, el carupanazo. Las guerrillas patrocinadas por Fidel Castro. Es importante aclarar que los buenos de la película en esos años, no fueron los conspiradores sino los políticos encabezados por Betancourt, Caldera, Leoni,  Barrios, Villalba, Prieto, Leandro Mora, entre otros, que junto a los militares demócratas, se convirtieron en próceres de la democracia. Derrotaron al castrocomunismo, propiciado  por la Unión Soviética y su satélite Cuba. Igualmente, abatieron al militarismo latinoamericano, cuya máxima expresión era el dictador dominicano Trujillo, quien intentó asesinar a Betancourt en 1960.

Electo Presidente de la República en 1973,  nacionalizó el petróleo, y  contra los pronósticos agoreros, PDVSA se convirtió en una de las empresas petroleras más eficientes del mundo. Igualmente nacionalizó el hierro y el aluminio y creó las exitosas becas Mariscal de Ayacucho, que sin politiquería, formaron miles de venezolanos en las mejores universidades de los países más avanzados. A pesar de crear el Fondo de Inversiones de Venezuela, para represar la gigantesca cantidad de dinero generado por el alza de los precios del petróleo, durante ese gobierno se cumplió el Efecto Venezuela que habìa augurado de Pérez Alfonzo: un país con recursos inmanejables por su cuantía, descompensado cual indigestión de un individuo que se gane la lotería y comience a comer siete veces al día. Duplicó el número de empleados públicos hasta un millón cuatrocientos mil, dando una falsa imagen de crecimiento. La abundancia aflojó los resortes morales y se generó una fuerte corrupción. Al final de ese período se salvó por un voto, de ser enjuiciado por el Sierra Nevada, embarcación donada a Bolivia. Nimiedad si se compara con las decenas de miles de millones de dólares regalados  por este gobierno a los países “panas”.  

Volvió a ser electo Presidente en 1.988. Solamente Pinochet y yo podemos aplicar un paquete económico - dijo en su apogeo. Se creyó su leyenda y aplicó la receta del Fondo Monetario, sin anestesia. Alza de intereses, hipotecas que triplicaban su mensualidad, subidas de precios que provocaron una inflación record de 89%. En el nerviosismo del pueblo, se generó el llamado caracazo.  A la larga, lo más cuestionado del llamado “paquete”, fue  la manera poco política como se aplicó. CAP creyó tener una mano mágica. No puede ser que mi pueblo me haga esto - se comenta que decía cuando los saqueos. Durante ese gobierno el país comenzó a crecer sostenidamente y la inflación a bajar. Pero la nefasta intentona golpista del 4F, se convirtió en un punto  de inflexión. Pérez le ganó militarmente a los facinerosos; pero perdió políticamente. A la larga su propio partido, la miopía de muchos políticos y la desesperación de pueblo, le forzaron la salida adelantada de la presidencia. Aquellos lodos  trajeron este deslave. “Hubiera preferido otra muerte”, expresó lleno de tristeza antes de abandonar el poder. Hoy nos preguntamos si esa frase tenía que ver con la muerte (por cuotas) de esta  democracia. Luego, pagó prisión por ¡17 millones de bolívares! de la partida secreta… sólo le probaron malversación. La partida secreta es secreta, comentó acertadamente.

Fue senador en el primer parlamento de esta “revolución”. Luego, a pesar de haber obtenido casi el 40 % de los votos para la Asamblea Constituyente, el primer leguleyismo electoral, antecesor del actual más votos menos diputados del 26S, le impidió ser  electo constituyentista.

Por encima de todo fue un demócrata, no usó su gran carisma para eternizarse en el gobierno, ni su poder para licuar los poderes públicos. Un gobernante civil, polémico, con grandes virtudes, grandes defectos y un balance positivo. Desde donde esté nos debe gritar “manos a la obra” (y de paso pónganse los pantalones), para que defendamos esta democracia tan amenazada, con el guáramo que a él lo caracterizó. Y los demócratas  estamos en el deber de mover las manos, los  pies y hasta el alma para defenderla. Es la tarea ingente de esta hora.

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