Por: Nelson Hernández
Al examinar la huella de carbono de Venezuela a través de más de medio
siglo (1971–2024), emerge con nitidez una realidad estructural: las emisiones
totales de Gases de Efecto Invernadero (GEI) han respondido casi simétricamente
al comportamiento de la actividad petrolera. Sin embargo, el análisis gráfico
revela también un activo estratégico frecuentemente subestimado: la
contribución ambiental de la gran hidroelectricidad.
Durante décadas, el aporte del parque hidroeléctrico ha funcionado como un
gigantesco sumidero virtual de carbono, cuyas emisiones evitadas (superando las
35 a 40 Mton anuales en sus mejores períodos) han llegado a equiparar o superar
en magnitud a las emisiones directas derivadas del consumo de gas natural en el
país. Este amortiguador renovable basal pone de relieve que la fuerte caída
reciente de las emisiones totales —marcada por la contracción de los
combustibles líquidos— contrasta con el rol estanco que ha debido sostener la
hidroelectricidad a pesar de las vulnerabilidades operativas.
En definitiva, este balance histórico demuestra que Venezuela posee una
ventaja inmensa heredada del Bajo Caroní. Comprender esta dinámica no solo
rescata el valor ambiental del pasado, sino que dibuja el cimiento
indispensable sobre el cual estructurar cualquier visión futura de transición
energética, descarbonización y resiliencia para el desarrollo nacional.