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sábado, 13 de octubre de 2012

Lo que realmente pasó


Júrate Rosales.

Por un día, a la mitad de los venezolanos les fue permitido soñar que viven en un país normal, donde las elecciones son un acto de cuya pulcritud no puede haber duda y donde un presidente entrega luego el poder a otro presidente electo por el voto popular. Tan bello era el sueño – ¿será que soñamos que somos suizos? – que hasta los más escépticos, por unas horas, nos permitimos soñar.

La otra mitad del país no podía soñar. En amplias zonas de población hacinada bajo algún alcalde “rojo rojito” y  un Consejo Comunal del que depende que entres o no en una “Misión”, la Patrulla del PSUV local había despertado a los vecinos antes del amanecer, con una diana militar y rondas de motorizados, para que fueran temprano a votar. Esto no era ningún sueño, más bien fue un amargo despertar a las 4:30 a.m., a lo sumo con la promesa de una fiesta en la noche, si “gana Chávez”.

Allí no terminó la obligación de las “patrullas”. Hacia el mediodía, en la mayoría de los centros ya había votado  un 50% de los inscritos y según las aparentemente fieles cifras del exit poll, el candidato opositor, Henrique Capriles Radonski, estaba ganando la contienda con un 2%. Es cuando entra en acción uno de los sistemas preparado con enorme cuidado a lo largo de dos años. Un primer paso cumplido por  las captahuellas de los votantes, que indica con nombres y cédulas en tiempo real quienes han votado. El segundo paso es comparar esas cifras, también en tiempo real, con las computadas listas de los inscritos en las más diversas “Misiones”, pero sobre todo en la inmensa lista de quienes esperan conseguir una vivienda. Al aparecer quienes de los inscritos en misiones todavía NO han votado, entra en marcha una gigantesca operación remolque, identificando, llamando y eventualmente recogiendo a los “no votantes” inscritos en las listas donde, en el caso de la petición de vivienda, aparecen también todos los familiares del que hizo la solicitud.

La capacidad de transporte se desarrolla con todo el poder que brinda el control de los vehículos oficiales y semi-oficiales de las patrullas y en las últimas horas de la jornada, las cifras electorales se invierten.

El contraste de los dos mundos, donde ninguno entiende al otro, vuelve a surgir en la colosal ingenuidad de los medios internacionales, que empiezan a alabar la perfección del sistema de votación venezolano enteramente digitalizado y en la ingenuidad de los votantes por Capriles, que llegan a la noche convencidos que su candidato ganó.  Efectivamente, hubiera ganado en circunstancias normales. En Venezuela, desde hace 14 años, nunca lo son, porque la oposición enfrenta una desmesurada capacidad de un petrogobierno que no escatima ni en gastos, ni mucho menos en ausencia de escrúpulos.

Una organización férrea
En cada mesa electoral, había solamente dos funcionarios realmente importantes para el gobierno: el operador del captahuellas y el testigo principal del candidato Chávez. Cada aparato captahuellas, colocado como paso inmediatamente previo al voto porque era el que activaba la máquina que recibiría el voto,  tenía asignado a tres operadores nombrados por el CNE  – dos con horario de trabajo para turnarlos a la mitad de la jornada y un suplente de reserva para que este aparato nunca quede sólo. Los operadores del captahuellas eran escogidos entre los estudiantes de las universidades bolivarianas, son  jóvenes que estudian bajo un intenso adoctrinamiento de corte comunista y que dependen para absolutamente todo en su vida actual y futura, del gobierno de Hugo Chávez. Estos operadores recibieron un entrenamiento para trabajar con las captahuellas, separado de los entrenamientos organizados por el Consejo Nacional Electoral para todos los demás miembros de mesas. Se les instruyó de no prestarse a conversaciones con los demás miembros de mesa, orden cuyo cumplimiento a su vez era vigilado por el “testigo del candidato de gobierno”, quien también debía mantenerse “sin entrar en conversaciones”. A cada uno de estos jóvenes, se le prometió un pago de 1.000 BsF por media jornada de trabajo.

De su precisión dependía lo único que podía dar la victoria a Chávez: un estricto control en tiempo real de quiénes en las listas de los millones de “misioneros” ya habían votado.

El resto del trabajo, también sufragado a un alto gasto de asalariados, recaía sobre las “patrullas” y la labor de llevar a quienes todavía no habían votado, pero que, pago de pensión o promesas de vivienda mediante, estaban obligados a votar por Chávez.

El plan empezó a ejecutarse desde principios de 2011. Para mayo de ese año, la página oficial de la Gran Misión Vivienda ya anunciaba que tiene a 2 millones 423 mil 778 personas registradas y anunciaba los días en que los todavía no inscritos podían optar por pedir vivienda. Los días de la semana estaban divididos para atender al público según los últimos dos números de la cédula, debido a la afluencia de solicitantes. Para noviembre de ese mismo año, la GMV informaba que había 3,6 millones de familias inscritas con un total de 10.860.913 personas, contando los miembros de cada familia. De allí que Chávez anunciara en su campaña, de poseer “10 millones de votos por el buche”.

Casi un año más tarde, para agosto del 2012, Chávez anunció que amplía el plan de viviendas para incluir a la clase media y finalmente en ese agosto de 2012, la Gran Misión Vivienda abría la oportunidad de las “últimas” inscripciones para quienes todavía no habían solicitado vivienda.

Según la agencia oficial de noticias (AVN), en la noticia publicada el 5 de octubre 2012, dos días antes de las elecciones, el gobierno había entregado para entonces a través de la Gran Misión Vivienda 258.648 unidades habitacionales entre 2011 y 2012. Millones de inscritos que todavía no habían sido beneficiados, seguían con la esperanza… que es lo último que se pierde, sobre todo ante la insistente publicidad mostrando a quienes ya habían recibido una nueva y moderna vivienda. Cabe recordar una muchas veces repetida cuña de una familia con vivienda nueva y la frase: “después de Dios, Chávez”.

Dado que hasta Dios sólo ayuda a quien se ayuda, a Chávez lo ayudó la posibilidad de pagar un enorme gasto de organización y remolques, el día de las elecciones. Tiene ahora colgando sobre su cabeza la imposibilidad física de cumplir las promesas de millones de viviendas nuevas y gratuitas, pero para eso están – también preparados con antelación – los servicios de represión.

La “victoria perfecta”
Una de las características de la afición de Chávez a celebrar elecciones o referendos, es que nunca repite dos veces seguidas el mismo sistema para ganar. Dado que en las anteriores dos elecciones la principal sospecha recayó sobre la totalización en el CNE, llevada a cabo en secreto y sin presencia de testigos de la oposición, todo el esfuerzo del comando de Capriles se concentró en armar un sistema que impidiera el fraude en esa materia y el CNE complació gentilmente todas las exigencias, agregando además – ¡qué ironía! – la “seguridad” de unas nuevas captahuellas para identificar al votante.

Sin embargo, el comando de Capriles debía haber recordado que Chávez ya había experimentado con el poder de las “misiones” en el referendo revocatorio de 2004. En esa oportunidad, si el referendo se hubiese celebrado en la fecha prevista por la Constitución, Chávez sabía que estaba perdido. Impuso un segundo “firmazo” para solicitar la revocación, retrasó el referendo nuevamente, solicitando una decisión del Tribunal Supremo sobre la validez de las firmas que exigían el referendo y produjo otra larga demora con la llamada revisión de la “firmas planas” sin que se supiera qué significa lo de “plano”. Entretanto fueron armadas las primera “misiones”, ofreciendo pensiones mensuales a la gente sin exigencia de trabajar, pero asegurándose a través de ese regalo mensual un número de votantes cautivos. Dado que el sistema funcionó, para la actual elección presidencial, Chávez lanzó una “segunda edición ampliada y mejorada”.
El mundo entero consideró el resultado electoral impecable (porque en la sala de totalización efectivamente lo era) y quedó admirado por la efectividad de un sistema electrónico de votación que Jimmy Carter definió como “el mejor del mundo”. Ni siquiera se imponen a Venezuela las sanciones internacionales por fraude electoral, como es el caso de Alexandr Lukashenko en Bielorrusia por el comprobado y repetido fraude electoral, porque en el caso de Venezuela, oficialmente, “no hubo fraude”. Hugo Chávez, con una sonrisa de oreja a oreja en su ensanchado rostro, tuvo razón de anunciar que aquella fue “una victoria perfecta”.

El arma de las Misiones
A lo largo de su gobierno, Chávez proclamó y organizó 30 “Misiones”, abarcando la casi totalidad de la población de pocos recursos e incluyendo a cada persona en unos listados computarizados. Las más recientes y aparentemente definitorias en estas elecciones presidenciales, además de la Gran Misión Vivienda que superó los 3,5 millones de inscritos, fueron en cantidad menor de inscritos la Misión En Amor Mayor para la tercera edad, que para agosto 2012 tenía, según datos oficiales, a 2 millones 148 mil inscritos, y la Misión Hijos de Venezuela, con más de un millón registrados. Las tres “Misiones” fueron abiertas durante el tiempo de preparación para las elecciones presidenciales del 2012.
Por otra parte, la absoluta colaboración del Consejo Nacional Electoral para producir la victoria de Chávez se evidencia en la aplicación de las siguientes modificaciones. Un nuevo captahuellas fue comprado para todas las mesas y para que constituyera el paso inmediatamente previo al acto de votar, dejando aparecer ante el votante la imagen de su cédula con su foto. En segundo lugar se amplió el tiempo de funcionamiento de las mesas de votación, adelantando el horario de apertura a las 6:00 a.m., que es cuando se recibía el primer contingente arreado por las “patrullas” del PSUV, y se cambió la hora de cierre a las 6:00 pm, dos horas más tarde, para el ingreso de la oleada de la tarde, compuesta por los que no habían votado. Estos últimos recibían en su teléfono celular la llamada que les advertía que no había votado y les recordaba en  qué listado de Misiones estaban anotados.

Es evidente que el comando de Capriles no podía ignorar el caudal de inscritos en las misiones, pero su única defensa fue prometer que las mantendría incluso ampliadas y mejoradas – olvidando la vieja lección de que más vale un pájaro en mano, que cien volando.

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