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martes, 17 de julio de 2012

El coro no era un chorro de choros


Carlos Delgado




El domingo 15-07, como a las 3:00 pm, llegué a casa "reseteado". ¡Reconfigurado! Mi estructura mental elitista, según los gobernantes de turno y la gente de clase media en +, cosa que no sé qué es o significa, resultó alterada al compartir con un buen chorro de venezolanos que bajaba sin contratiempos, fluidamente, entusiasta, cual corriente de río cristalino, desde la Plaza Artigas hasta el Parque Central. Yo arranqué en el propio Artigas, un poco aguas abajo, y esperé que el río alcanzara cierto caudal para lanzarme a ese torrente de gente bulliciosa, desprendida, sin pizca de maldad en su mirada, bonchona, desenfadada, que bajaba a encender las turbinas de un reactor que les esperaba aguas abajo, después de desprenderse, cual rápido, en ríos turbulentos. El resultado fue mágico. La gente sintió y percibió que había llegado la luz, que los cortes, racionamientos y apagones inesperados iban a mermar desde ese momento. Es prematuro predecir algo de esa naturaleza cuando todos saben que el sistema está colapsado y mal manejado a pesar del chorro de billetes que le han inyectado y siguen inyectando. Cuando el reactor decidió retirarse de su modesta tribuna, de la ataguía preparada para tal ocasión, al coro de "No te vayas", "El Flaco Presidente", "Capriles Presidente", el río seguía crecido y desbordado, bajando por San Martín y Lecuna al ritmo de una samba rabiosa, cual brioso Caroní. No sé a qué hora dejó de manar la corriente pues el cansancio -por insolación y endeble osamenta-, me obligó a retirarme sin haber tenido oportunidad de llegar a la sala de máquinas.
Integrarme a una marejada de "escuálidos majunches" me pareció surrealista, yo, élite sifrina, calificado de derechista sin saber por qué, me percaté que el río no discurría en dirección este-oeste, sino todo lo contrario. Recordé, entonces, que la mayoría de los grandes ríos marchan en dicha dirección y de norte a sur, o viceversa. Pensé conseguir poco calado y caudal, un río manso y tristón, mas, mi sorpresa fue verme, casi zozobrando, en un río caudaloso, emocionado, que buscaba un nuevo cauce, un nuevo delta donde verter toda su energía. En consecuencia, fui arrastrado por esa vorágine dispuesto a encallar en cualquier remanso, varame en cualquier recodo de esas agitadas aguas. Mi expectativa, además, era encontrar riberas escabrosas, rojizas, de difícil acceso, mas, no fue así. El coro que resonaba, producto del trepidar contra la ribera, en este caso, las aceras y edificaciones a lo largo de Artigas, San Martín y Lecuna, cuajaba la atmósfera con un canto de esperanza, como la Oda a la Alegría, de ese inigualable sordo de la Novena Sinfonía. Aun, las voces disonantes que producía algún viandante o que emergían de una ventana, se conjugaban para producir una obra con mayor fuerza, con dramatismo wagneriano, vibrante, fuerte y emocionante.
Mi obstinado pesimismo fue "reseteado". El descanso, que supuse iba a ser prolongado -cosas de la edad-, fue breve, como anunciando que debía prepararme para largas jornadas de trabajo hasta que el coro resuene en esta tierra mágica, para que este concierto de amplia coloratura no se apague jamás, incluso, dirigido por el propio Dudamel.

¡Qué siga la música!

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