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domingo, 15 de julio de 2012

Nos deja el geólogo Guillermo Rodríguez Eraso

Gustavo Coronel


En el capítulo 1 de mi novela: “El petróleo viene de la Luna” dije lo siguiente:

"La historia del petróleo en Venezuela es un gran mural, producto de la labor
de múltiples artistas. Es un desfile de héroes y villanos que asombraría
a la inmensa mayoría de nuestros compatriotas si la conocieran a fondo,
acostumbrados como estamos a pensar que todos los buenos son de
aquí y todos los malos son de “allá.” En ese inmenso mural veríamos
los rostros de Deterding y Rockefeller, de Ralph Arnold y de Guillermo
Zuloaga, de Gumersindo Torres, Manuel Antonio Pulido, Enrique Jorge
Aguerrevere, Enrique Tejera, Virgil Winkler, Juan Pablo Pérez Alfonzo,
Manuel Egaña, Luis Plaz Bruzual, Konrad Habicht, Rubén Sader Pérez,
John De Sisto, Otto Renz, Manuel Pérez Guerrero, Rómulo Betancourt,
Alberto Quirós,
Guillermo Rodríguez Eraso, Karl Dallmus, Arturo Uslar
Pietri, Siro Vásquez, Rafael Alfonzo Ravard, gigantes acompañados por
miles de actores secundarios pero no por ello menos importantes, quienes
asistieron al nacimiento de la industria y la llevaron al primer lugar de
importancia en el país y a uno de los primeros lugares en el cuadro de las
industrias petroleras del mundo.

Uno de esos gigantes, el geólogo Guillermo Rodríguez Eraso, acaba de fallecer. Guillermo nació en Chucán. Edo. Miranda, Venezuela,el 24 de noviembre de 1923. Hizo  sus estudios de Primaria y de Secundaria en el Colegio San Ignacio de Caracas. Se graduó de Geólogo en la Universidad Central de Venezuela en Octubre de 1945, ingresando de inmediato en  la Creóle Petroleum Corporation. Realizó estudios de Post-Graduado en la Universidad de Stanford hasta alcanzar el título de Master en Ciencias.

En Creole comenzó como  Geólogo de Campo, luego fué Geólogo de Investigación, de Reservas y otras posiciones técnicas de cada vez mayor importancia. Ascendió en la empresa hasta llegar a ser Vicepresidente de Creole Petroleum Corporation y, después de la nacionalización, Presidente de Lagoven, posición que conservó hasta el momento de su jubilación.


Tuve bastante contacto con Guillermo, sobre todo después de la nacionalización. Antes de eso Creole y Shell (donde yo trabajaba) eran grandes rivales, tenían filosofías corporativas muy diferentes y, como el aceite y el vinagre, eran difíciles de mezclar. Esa rivalidad se minimizó cuando, durante el gran debate que precedió a la “nacionalización” los gerentes y técnicos de ambas empresas supeditaron esa rivalidad al propósito común de lograr un proceso libre de traumas y lo más beneficioso posible para el país.


Después de la nacionalización trabajé muy estrchamente con Guillermo y otros presidentes de filiales en la racionalización que llevó las 15 empresas operadoras originales a cuatro, en ese primer momento. Allí pude calibrar la estatura de aquel hombre. Sus lúcidos memos sobre el proceso, sus intervenciones en las discusiones, su liderazgo, fueron esenciales para llegar al maravilloso resultado obtenido, una racionalización operacional y corporativa sin “muertos o heridos”.  La personalidad cordial, culta y respetuosa de Guillermo fue fundamental para la obtención de ese resultado.


El Guillermo Rodríguez Eraso que siempre recordaré  (hasta que yo también deba ausentarme) era un gran caballero, de maneras naturalmente finas en su sencillez. Tenía una sonrisa fácil con la cual desarmaba tensiones o situaciones incómodas en las reuniones en las cuales participaba. Era un gran conciliador y ello lo hizo particularmente útil durante la difícil transición de la industria concesionaria a la industria en control del Estado. Guillermo era miembro de una clase social venezolana que hoy en día es resentida por el régimen pero toda su vida fue un gran ejemplo de como esa clase puede ser puesta al servicio de la nación. La contribución de Guillermo Rodriguez Eraso al progreso de la nación está documentada en sus años de servicio en la industria petrolera, años en los cuales esa industria fué manejada con pulcritud y eficiencia.


Guillermo podía ser duro. En una visita de la directiva de PDVSA y el General Rafael Alfonzo a Paraguaná el grupo vió la refinería de Amuay, reluciente, y la de Cardón un tanto deficiente en su aspecto estético, no necesariamente operacional. En el viaje de regreso a Caracas, Guillermo no cesó de pegarle banderillas a Alberto Quirós, el presidente de Maraven. Alberto me llamó muy golpeado, yo me estaba encargando de la refinería de Cardón por un tiempo, y de allí salió un programa de mejoramiento de las instalaciones en Cardón que coincidió con el mejor año en la historia de la refinería hasta ese momento.

En otra ocasión Guillermo nos visitó en Maraven (en el bello Edificio La Estancia), donde estábamos celebrando algo, no recuerdo que. En su entusiasmo los empleados habían adornado las paredes con mucho papel dorado. Guillermo llegó y vió aquello y Alberto, intuyendo su desaprobación, le dijo: “Bueno, tu sabes que hasta un 20 % de cursilería es aceptable, Guillermo”.  Y Guillermo le respondió, secamente:  “Pero aquí hay bastante más de eso, Alberto”.


Se nos ha ido Guillermo. Tuvo una larga vida, casi noventa años. Pero fue parte tan íntima de nuestra historia petrolera que su partida, a cualquiera edad, es dolorosa. Como gerente y como notable geólogo, Guillermo regresa a la naturaleza en forma de diamante. Lo certifico yo, apenas un cuarzo en nuestra mineralogía petrolera. 

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