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sábado, 26 de marzo de 2011

JAPÓN: ¿AVE FENIX OTRA VEZ?



Rafael Gallegos

En  agosto de 1.945 el Enola Gay, lanzó la bomba atómica – irónicamente apodada Boy- sobre Hiroshima. La ciudad se volvió cenizas y la gente, recuerdo. Dos días después, estalló una segunda bomba atómica en Nagasaki. Los eventos ocasionaron cerca de 200.000 muertos y forzaron la rendición de Japón. El Emperador Hirohito, semidiós a quien los súbditos del imperio no se atrevían a ver directamente a los ojos,  abandonó su Olimpo para capitular ante las potencias aliadas, representadas por el general MacArthur. La escena se desarrolló en el acorazado Missouri, anclado en la rada de Tokio. El Emperador, joven y pequeño, 41 años y metro y medio de estatura, hacía contraste con el uniformado gigantón norteamericano, de casi dos metros. Como si se derramara todo el poder de la raza blanca sobre la raza amarilla. La cara de Hirohito reflejaba la humillación del pueblo japonés y la de MacArthur, rodeado de una impresionante flota, toda la prepotencia de los ganadores. En los siguientes años, Japón  ni alimentó el resentimiento, ni rumió el pasado, ni buscó venganza; caminos que los  hubieran conducido a una sociedad fracasada, con una larga lista de culpables: el imperio, la oligarquía, el gobierno anterior, las bombas atómicas.  

Los japoneses decidieron actuar de manera asertiva y… voltearon la tortilla. Utilizaron la unidad de propósito y nuevos esquemas gerenciales como su arma secreta. Lograron un desarrollo que no estaba en los cálculos de nadie  y sorprendieron al mundo. Una epidemia de éxitos que contaminó a los vecinos. Ya no se trataba de Japón… sino de los Dragones Asiáticos. 

Décadas después de la humillante capitulación de Hirohito, el Presidente de los Estados Unidos, Gerald Ford se desmayó y cayó con todo su peso y su poder, a los pies del Emperador Akihito. Los analistas no pudieron evitar las comparaciones. El gigantón Presidente se postraba ante el Emperador, al igual que el debilitado y anémico Estados Unidos ante el avance arrollador del pequeño Japón que como el  Ave Fénix, sabía renacer de sus cenizas. 

LA CALIDAD, EL ARMA SECRETA DEL DRAGÓN
Edward Deming, el padre del fenómeno conocido como Calidad  Total, había investigado cómo lograr mejoras drásticas en la productividad, a partir de una nueva concepción de la administración de negocios. Sin embargo, su trabajo  no convencía  en los Estados Unidos. Venderle productividad al entonces país más productivo del mundo, que además tenía un estándar de vida infinitamente superior al de sus padres y abuelos, era como… vender arena en la playa, o chivos en Coro. En 1951, Deming fue invitado a Japón para participar en el censo. Cuando supieron que era el hombre que promovía una nueva manera de administrar negocios, lo contrataron y dictó cursos de productividad a más de 20.000 personas. Se gestó, sin exagerar, la alianza de un hombre y un país. Bajo la estrategia de calidad, Japón comenzó a exportar primero productos basura, luego electrodomésticos, automóviles, computadoras. Vivían para trabajar y generar divisas que incrementaron cuánticamente su estándar de vida. Además, iniciaron en la zona la exitosa “ruta de os Made In”. Made In Japón, Made In Taiwán, en Hong Kong, en Corea, en China… y nacieron los poderosos Dragones Asiáticos, que mudaron el centro de gravedad del mundo desde el Atlántico hasta el Pacífico Norte.

Los japoneses le ganaron a USA en su propio terreno. Fabricaron un vehículo, lo montaron en un barco, pagaron los fletes, llegaron a Estados Unidos, la meca del automovilismo y el carro resulto… menos costoso y de mejor calidad. Tras los vehículos llegaron lavadoras, neveras, radios, computadoras que generaron la  quiebra de muchas empresas  norteamericanas. Deming se volvió famoso, en una “cadena” de costa a costa les planteó a los norteamericanos: ¿Si los japoneses pudieron, por qué no podemos nosotros? Hoy, el ya crónico déficit fiscal norteamericano, se compone del comercio con los dragones y alguna  guerra que nunca falta. Los japoneses derrotaron a Estados Unidos en la paz. Lograron extraordinarios niveles de vida para su pueblo. Y de paso le enseñaron al mundo una novedosa manera de producir: la Calidad Total. Y eso en un país lleno de terremotos, sunamis y volcanes. Con cero petróleo y cero biodiversidad. Su único  recurso: la inteligencia colectiva canalizada hacia la calidad de vida. 

Hoy, Japón es azotado  por un pavoroso terremoto. La energía nuclear los  amenaza en tiempos de paz. Sabemos que al igual que en 1945, volverán a levantarse y volverán a exportar al mundo un modelo. Antes la Calidad, hoy, seguramente la optimización de un modelo energético capaz de salvar al planeta. Desde aquí, toda mi admiración a ese gran pueblo. ¿Imitarlos?, claro: en  la capacidad  unitaria tras un objetivo de grandeza. Ojalá… 

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