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lunes, 12 de marzo de 2012

La pusimos


Gustavo Coronel

El proceso geológico que comenzó hace unos 75 millones de años con la separación de América del Sur y de Africa creó el Oceano Atlántico y provocó un avance de los mares hacia lo que es hoy tierra firme venezolana. Una rica fauna de moluscos, foraminifera (pequeños organismos) y peces de todo tipo se fueron depositando, al morir, en el lecho marino y los restos de estos animales, así como los sedimentos y restos orgánicos terrestres llevados a los mares por los ríos, fueron causando un hundimiento de esos mares y la formación de cuencas geológicas de gran magnitud, hoy llamadas Maracaibo en Occidente y Oriental en lo que es hoy Anzoategui y Monagas.

Enormes volumenes de material orgánico fueron lentamente transformados en petróleos de diferentes calidades, desde los más pesados y bituminosos en la parte sur del Oriente hasta los más livianos en la parte norte del Oriente y en la Cuenca de Maracaibo. Este fue un proceso que duró unos veinte a treinta millones de años. Desde que se perforó el pozo Zumaque 1 en Mene Grande, 1914 y desde que explotó el Barroso 2 en La Rosa, 1922, la producción del petróleo Venezolano generado por esos procesos ha sido del orden de unos sesenta a setenta mil millones de barriles… y sigue tan campante.
Todavía quedan muchos miles de millones de barriles en el subsuelo venezolano, especialmente al sur de la Cuenca Oriental (Faja del Orinoco), aunque el de mejor calidad ya ha sido, en gran parte, producido. Y ya nunca volverá.

Estos casi cien años de producción petrolera venezolana han moldeado profundamente el carácter del venezolano. Los primeros geólogos que anduvieron por el país en búsqueda de petróleo se maravillaban de la honestidad y cordialidad del venezolano común (leer el maravilloso libro “Primeros Pasos de la Venezuela Petrolera”, libro editado por Andrés Duarte).

Decían que los venezolanos más humildes recibían fuertes sumas de dinero para ser transportadas desde Maracaibo o Caracas y que ese dinero nunca se perdió. Nadie dudará de que, hoy en día, ese dinero pudiera no llegar a su destino, a juzgar por los cinco millones de dólares requeridos por Chávez para uno de sus viajes a La Habana, los cuales desaparecieron en las escasas cuadras que van desde Miraflores al Ministerio de Hacienda.

Aunque este detalle de los cinco millones de dólares es anécdotico (es muchísimo más lo que se ha perdido!) ilustra la transformación espiritual del venezolano, debido a la conversión del país de agrícola en petroestado. En los países agrícolas o industriales los moradores se ganan el dinero con el sudor de su frente. En los petroestados, sobretodo aquellos gobernados por líderes populistas y demagogos, los moradores esperan en el chinchorro que les llegue su parte.

En el petroestado no existe la producción de bienes y servicios sino la repartición de renta. Cuando ello se combina con la tradición monárquica del subsuelo como propiedad de la corona o, ahora, del Estado, se comprenderá perfectamente el gravísimo problema venezolano.

Este problema puede resumirse en un breve párrafo: Pusimos la cagada. Ello es así porque, desde el primer momento de nuestra conversión en petroestado el Estado se adueñó de lo que le pertenecía a la Nación. Porque dicen que “a quien parte y reparte le queda la mejor parte”. En Venezuela el Estado ha sido, en el mejor de los casos, representado por un gobierno de partidos y, en el peor de los casos, por el mando de un tiranuelo (surge uno, más o menos cada 40 años, saquen la cuenta. (Esto pudiera llamarse la Ley de Giacopini *) .

Los dictadores individuales (o las dictaduras de partido) surgen porque, al deseo de poder, se le agrega el gran incentivo de ponerle la mano a lo que Lusinchi llamaba la botija. El tiranuelo que tenemos hoy en día se ha alzado con aproximadamente 1 millón de millones de dólares en catorce años. Lo que ha hecho con mucho de ese dinero es comprar conciencias y prostituír valores.

Esta situación no va a cambiar mientras no haya gente honesta en el gobierno, pero dificilmente podrá haber gente honesta en el gobierno con un sistema tan perverso de repartición petrolera carente de transparencia como el existente, en el cual quien reparte se afinca en la ignorancia del pueblo para embolsillarse la mayor tajada.

Y es que la honestidad no es genética, mis amigos (la deshonestidad tampoco!), sino es, en gran parte, el producto de la falta de tentación. Como dicen que “La ocasión hace al ladrón”, la Ley de Giacopini (un dictador cada 40 años) podría ser invalidada mediante la aplicación de la Hipótesis de Quirós-Monaldi (la riqueza petrolera debe ir directamente a todos los ciudadanos), complementada con el Corolario de Kurowski (las “resultas” petroleras no deben quedarse en los bolsillos del cacique de turno).

Mientras no le quitemos la botija al Estado la Nación seguirá sumida en el atraso.
* Ley de Giacopini. El gran Venezolano que fué José Antonio Giacopini Zárraga me decía que teníamos un dictador, más o menos, cada 40 años. Saqué la cuenta y es así.

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