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jueves, 8 de diciembre de 2011

Los pre-candidatos de la democracia

Gustavo Coronel

Dedicatoria: a los líderes de verdad, aquellos quienes saben que se quedarán en el camino

Creo sinceramente que cualquiera de los cinco pre-candidatos presidenciales de la oposición: Leopoldo López, María Corina Machado, Diego Arria, Henrique Capriles Radonsky y Pablo Pérez (pienso que Pablo Medina está fuera de lote), representarían una alternativa significativamente superior al desastre que ha sido Hugo Chávez Frías y su pesadilla de catorce años. Cualquiera de ellos es superior a Hugo Chávez en todo sentido: intelectual, de integridad personal y de actitud moderna frente al país.

Observo, sin embargo, que con sus excepciones, los candidatos aún mantienen la ilusión de estar participando en un torneo democrático y civilizado, cuando la realidad es diferente. Hugo Chávez y su pandilla están enquistados en el poder y piensan conservarlo a como de lugar. Chávez no ve adversarios sino enemigos a quienes aplastar. Mientras tanto, del otro lado, los pre-candidatos en su mayoría conservan sus guantes blancos, como si a quien tuvieran enfrente fuese un Churchill y no un “Chapita” Trujillo. Lo que tienen por delante, mis amigos, es un paracaidista inculto, acomplejado y enfermo de poder.

Y asi vemos que un precandidato nos dice que pretender introducir cambios en el gobierno sería ponerse una soga al cuello. Otro promete mantener el dañino monopolio estatal de PDVSA. Alguno afirma que habría que “estar loco” para cancelar las misiones (cuando, según apunta el Banco Central en sus informes, muchas de ellas ya se han convertido en quincallas ineficientes). Otro afirma que no le corresponde “juzgar” a Chávez.

Con excepción de uno, quizás dos, de ellos, los pre-candidatos están jugando el juego político dentro del sistema impuesto por Chávez. Se mantienen decididos a no confrontar lo que ha sido el mayor crímen perpetrado contra la Nación venezolana desde el inicio de su historia republicana. Es evidente que ello obedece a una estrategia política diseñada para no ahuyentar el posible voto de los chavistas “light” desencantados o de los inescrutables ni-nis.

Esta estrategia parece aceptar que “decir las cosas como son” significaría proyectar una imágen de radicalismo que los sacaría del juego. Significaría aceptar que en la política, como en el amor, la mentira es aceptable y aceptada, casi como una cualidad. Y debo admitir que el pre-candidato que se aparte de esta línea en la Venezuela de hoy tiene pocas posibilidades de ganar la contienda. Y esto se debe a que el pueblo venezolano no está listo, después de catorce años de demagogia salvaje, para el líder sincero e íntegro. Este pueblo se aferra deseperadamente a la ilusión y a la promesa irrealizable y pide, como en aquel bolero que cantaba Olga Guillot: “Miénteme más, que me hace tu maldad feliz….”.

Uno piensa con nostalgia en la actitud de estadista verdadero que tuvo Churchill en un momento crítico para su país: “No tengo más que ofrecerles que sangre, sudor y lágrimas”. Pero al mismo tiempo debemos admitir que ese Churchill no hubiera durado más de unos minutos en El Silencio o en la Plaza de Altamira, antes de ser abucheado. Al líder que deseé "vencer" en Venezuela se le exige que siga diciendo que somos un país muy rico, que el venezolano y la venezolana son seres bellos y nobles, que la riqueza petrolera nos dará felicidad y atraerá a tantos  inversionistas que tendremos que quitarnolos “a sombrerazos”, para usar el lenguaje del Monje Loco Giordani, que se mantendrán las dádivas y las limosnas y que debemos ser “machos criollos/vernáculos/
patrioteros”. Si Chávez habla del petrobono, le responden con la tarjeta Mi Negra. Si Chávez dice que construirá 300.000 casas por año, otros responden que crearán un millón de empleos en 2013. Si Chávez habla de socialismo, el otro responde con la predominancia del estado.

En otras palabras, los líderes venezolanos aún se contentan con hablar el lenguaje que la masa desea oir. Caminan detrás de  la masa, cuando su verdadera misión es la de enseñar el camino, caminándolo sin ver hacia atrás si lo siguen o no.

Y debo aclarar: enseñar el camino y caminarlo no es igual a imponer un camino, que es lo que hace nuestro amigo Esteban. Imponer un camino, sobretodo quedándose atrás, en el Museo Militar, no representa un acto de liderazgo sino un acto de cobardía.

Algun día nuestro pueblo apreciará el verdadero liderazgo y será persuadido a seguir el camino que ese liderazgo les enseñe. Antes de que ello suceda, me temo, muchos líderes genuinos se quedarán en el camino, sin tener el reconocimiento que deberían haber tenido. Por cada héroe venerado hemos tenido tres héroes anónimos.

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