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sábado, 18 de julio de 2009

LA AREPERA SOCIALISTA

Rafael Gallegos


¿Qué estarán regalando? - pregunté al observar una larga cola. Olía a carne mechada y guasacaca. Es una arepera socialista, camarada – me manifestó un compatriota con la boca llena y vestido de rojo hasta la servilleta. ¿Y por qué tanta cola? Ah!, porque los precios son solidarios, cinco bolos con cualquier relleno – me respondió lleno de orgullo- no como esas arepas carísimas de los ladrones capitalistas. Yo, oligarca hasta el fondo del bolsillo vacío, pensé: “la verdad es que el compatriota tiene razón, si me puedo comer una arepa por cinco bolos, hago la colita”. Lo primero que vi fue la lista de precios. Como en el ex Parque del Este, puro nombre cambiado. La Reina Pepiada se llamaba Virreina del Guaire; a la Arepa Pelúa (queso amarillo con carne mechada), le decían Barbuda, y agregaban una foto de un guerrillero cubano; había una de Jamón Socialista, que metía en la misma arepa al jamón de pierna, de espalda y al planchado; un deslenguado me observó que eso era puro recorte; también ofrecían Pabellón Bolivariano (carne mechada con caraotas rojas rojitas); Dominó Revolucionario (queso con caraotas idem). Y para burlarse, a la arepa sola le decían: Ledezma. Pero les salió el tiro por la culata, porque precisamente esa arepa… es la que tiene más masa.


La cola se hacía infinita. ¿Por qué tarda tanto? – le pregunté a uno que portaba un carnet que decía: Arepera Socialista Maisanta. Los trabajadores están almorzando compatriota - me respondió. Precisamente – le repiqué, asombrado – a mediodía es la hora en que tienen más clientes. Camarada, comprenda - me interrupió con tono de maestro- en el capitalismo los portugueses de las areperas explotan a sus trabajadores y no los dejan almorzar; nosotros hacemos que la mitad de los empleados coma a esta hora y la otra mitad atienda. Oye – le dije- hasta donde yo sé la hora pico de los restaurantes es mediodía, ¿cómo se les ocurre recortar hasta la mitad al personal cuando tienen más clientes? Discúlpeme – me atajó- clientes no, preferimos decirles usuarios y usuarias. De pronto, observé que por una puerta se coleaba gente. ¿Quienes son esos? - le pregunté. Ah!, ¿esos?, son los compatriotas del partido, usted sabe – me dijo lleno de convicción – ellos tienen prioridad. Bueno ¿y entonces? – reclamé un poco molesto- ellos también deberían hacer su cola. Mientras decía esto, me calmé y recurrí a mis mañas de capitalista de la cuarta. Saqué mi mejor sonrisa, me rasqué el pelo con mi mano derecha, tipo Columbo, y le susurré al funcionario: ¿chico y no hay manera de que yo pueda entrar por esa puertica? Bueno, es difícil, a menos queeee… ¿compatriota, por casualidad trajo usted su carnet del PSUV? Realmente me sentí ofendido. Pero a esas alturas mi hambre era más grande que mi orgullo. No traje el carnet - le dije con voz baja- pero camarada, si traje mucha hambre, ¿podemos hacer alguito al respecto? Okay - me respondió William, así se llamaba y a estas alturas ya éramos casi compadres - lo más que puedo hacer por ti es decirle al portero que te deje pasar, que se te quedó el carnet.


Me pidieron la cédula. Mientras esperaba me asomé al local por la puerta de los coleados. Todo rojo rojito, había una foto gigantesca del líder único comiéndose una arepota. Su tamaño contrastaba con la aspirina rellena que vendían. Estaba indeciso entre mi virreina y mi barbuda, cuando mi pana William se me acercó malencarado y me dijo: mire, usted no puede entrar por esta puerta. Ante mi asombró, me reclamó: lo que pasa es que estás en la lista tascón, tú firmaste. Ah! y entonces no puedo comer arepa – le dije de lo más molesto. Por esta puerta no – fue su seca respuesta.


Tenía mucha hambre y aquí entre nos, no tenía casi plata. Me calé la cola. Cuando entré, había operación morrocoy, porque la “revolución”, con el cuento de socios de la empresa socialista, no le pagaba a los trabajadores ni el sueldo mínimo y menos la cesta ticket. Además, ya iban para tres quincenas sin cobrar y el que reclamó en el nombre de todos (no había sindicato porque en socialismo todos somos dueños) estaba preso, por guarimbero.


Al fin pude comenzar a pedir. Una virreina… no hay. Bueno, una barbuda… tampoco hay. Una de queso… esa sí hay; pero tiene que esperar un poco, el camión de la empresa socialista que trae los quesos, se le espichó un caucho y está esperando que PDVCAUCHO le mande el repuesto. Hambriento, le supliqué: dame una de lo que tengas. Ok, espere.


Señor, es que se acabaron las arepas. ¿Y aquellas que pasan para ese salón? – pregunté. Esas son las de los compatriotas del partido – me dijo quedo, al oído. Intentaba comprender cuando me dieron… media arepa rellena. ¿Y mi otra mitad? - grité molesto. Esa es su cuota mesma de solidaridad camarada – oí una grabación, cuya voz me resultaba demasiado familiar. Buen provecho.

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