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sábado, 12 de junio de 2010

CRÓNICA DE UNA ENFERMA CRÓNICA

Rafael Gallegos


Primero fue el verbo… del líder. Y el pueblo bailaba el ritmo de moda: “las cúpulas podridas”. Ni se imaginó ese pueblo que de las cúpulas podridas pasaría a los containeres podridos y a las cúpulas unipersonales. En su inocencia juraba, como siempre, que el nuevo líder significaba el fin de los ranchos, de la pobreza, de la corrupción… de los cogollos. Engáñame, miénteme; pero no me dejes, movía el pueblo las caderas… di que se haga la luz y yo tengo fé en que quedará hecha… que viva el nuevo Mesías… que viva. Pura catarsis y autoengaño. La patria (¿boba?) nariceada, como narró el Maestro Gallegos.


Desde el 4F el pueblo fabricante de Mesías que invariablemente resultan falsos profetas, sintió todo iba a cambiar. “Por ahora”, fue un himno de esperanza. “Llegó el comandante y mandó a parar”, coreaban. No imaginaba que lo que se pararía sería la producción, la separación de poderes, la unidad nacional. El nuevo líder llegó al corazón de la gente. Abajo las cúpulas podridas - dijo el pueblo emocionado. Abajo - replicaron los de la prensa, algunos “oligarcas” y no pocos intelectuales. Que se acabe todo - decía la fanaticada componiendo su propio Piquirico- que los cuarenta años de democracia no han servido para nada.


Olvidaban los logros: el régimen de libertades, la explosión educativa, la prolongada estela de gobiernos civiles por primera vez en la historia, el portentoso Gurí, la CVG, la nacionalización del petróleo y del hierro, las becas de Ayacucho, el crecimiento de las ciudades, de las universidades y de la clase media, los siete triunfos de la oposición en nueve limpias elecciones presidenciales. Y sobre todo, olvidaban la perfectibilidad de la democracia.


Luego de la victoria electoral del nuevo líder, el pueblo aplaudió como una gracia aquello de la Constitución Moribunda. Inmediatamente se instaló la Asamblea Constituyente con la antidemocrática figura del 40 % de los votos de la oposición, representados por apenas el 5 % de los diputados.


El pueblo emocionado invadía edificios vacíos, haciendas productivas, empresas en movimiento. La “revolución”, galopó invicta elecciones y referendos, con un arbitro electoral que se fue volviendo rojito hasta la grotesca escena de uniformarse con la franela de los locales. Un día perdieron. Fue la “victoria de M” cuando el pueblo ya cansado de tanto falso profeta, le prohibió a la “revolución” todas las cosas que por cierto, como si hubiera arrasado en esa elección, hoy intentan aplicar.


Disfrutaron del alza más prolongada de los precios del petróleo. Y comenzó repetirse el Efecto Venezuela descrito por Pérez Alfonzo: un pueblo indigestado por el exceso de divisas que se descompensa cual organismo de un individuo que gane la lotería y coma siete veces al día. Tanto dinero hizo que la “revolución” creyera que podía violar las leyes de la economía. ¿Quién dijo que el exceso de circulante acelera la inflación?, preguntó el líder… y ninguno de los suyos le dijo nada. Quiero un millardito del Banco Central…y ninguno denunció la falacia. Ser rico es malo… y aplaudían desaforadamente quienes se enriquecían.


Duplicaron los empleados públicos, descerebraron la industria petrolera, minimizaron guayana, cual Houdini desaparecieron a 4.000 de las 11.000 empresas y a la producción agrícola en un 40 %. Y mucho pueblo, ignorante o colaboracionista, aplaudía.


Al son cubano y con miles de cubanos disfrazados de “catedráticos”, cantaron “exprópiese” y erializaron 3.000 de las 12.000 hectáreas productivas, “recuperaron” empresas generando centenares de miles de desempleos, acabaron con la Costa Oriental del Lago. “Democratizaron” el espectro, y quedaron fuera RCTV y otros medios, con su secuela de miles de desempleados.


Paradoja de paradojas, controlaron el dólar y batieron record de salida de divisas. Controlaron los precios y batieron records de inflación. Pregonaron que estábamos blindados contra la crisis del capitalismo y nos convirtieron en el país de mayor decrecimiento en América Latina. La lista de culpables crecía: la oligarquía, los escuálidos, los ricos, el imperio, el capitalismo. Y el último culpable, ¿dónde estás Ripley?, anótelo, va siendo… el pueblo.


Se hunde el capitalismo, pregonan con orgullo, mientras todo el mundo sabe que lo que se hunde es el país. “Somos la misma cosa” gritan, como si no se supiera del fracaso del comunismo cubano. Hay que acabar con tanta injusticia, repiten como si mandaran desde ayer. Venezuela es el cuero seco de Guzmán Blanco, pisan por un lado y se levanta tanto fracaso por otro. En el fondo saben que el pueblo va despertando y no les cree. ¿Desde cuándo no llenan la Avenida Bolívar? Los deslenguados dicen que a este paso, sólo quedará de rojo el chapulín colorado, y eso para decirles: cállate, cállate que me desesperas.


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