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lunes, 1 de febrero de 2010

DESCALIFICACIONES

Alberto Quiros Corradi

Se han puesto de moda dos tipos de críticas a la oposición democrática. Una tiene que ver con la percepción de que nuestros líderes demócratas trabajan y actúan exclusivamente en función de sus intereses personales. Quieren ser presidente de la república o diputados a la Asamblea Nacional o concejales o gobernadores o alcaldes, o en un nuevo gobierno, funcionarios públicos.

Aceptemos, como elemento para la discusión, que esas percepciones sean por lo menos discutibles. ¿Y qué? ¿O es que un líder político no debe tener ambiciones de poder? ¿Cuál es entonces su rol? ¿Trabajar para que sean sus críticos los que figuren en el mapa político? ¡Por favor! Es más, la cosa es al revés. Político que no tenga ambiciones de obtener una posición destacada en su país no tendrá la fuerza para imponer los grandes cambios que requiere la sociedad. ¿Desde dónde dará la batalla? Cierto es que algunos ciudadanos pueden cooperar con los procesos de cambio sin ambiciones políticas. Ellos usarían diferentes estrategias dentro de su muy especial posición. Pero los políticos tienen que administrar las ambiciones propias de su oficio y, entre ellas, la de llegar a posiciones de poder es una de las más motivadoras. Contrario a lo que los descalificadores de oficio piensan, las motivaciones personales de los políticos, por lo general, coinciden con los intereses de la nación. Me refiero a los políticos demócratas y no a los que, como Chávez, persiguen el poder por el poder mismo, lo que es antipolítico.

Otros que descalifican a la oposición son aquellos que la acusan de blandengue, ingenua y de pretender enfrentarse a un régimen totalitario con las armas de la democracia. Los argumentos son que no vivimos en un estado de derecho y por lo tanto, la lucha tiene que ser por otros medios. Que no es posible que se acepte casi con resignación las tropelías del CNE y se piense que podemos derrotar electoralmente a un régimen que se reserva todas las ventajas. De nuevo, aceptemos como respetable esta posición. Dígannos, entonces, cuál sería para ellos, la mejor estrategia para derrotar al régimen. Para mí, si el camino electoral no sirve, estas son las opciones.

1. Abstenerse de ir a votar. Ya probó su fracaso. 2. Resistencia pasiva. No somos Gandhi. 3. Rebelión, protestas continuas, huelgas. Desenmascarar la ineficiencia y la corrupción del régimen. Hasta cierto punto esto ya se hace lo cual no impide acudir a elecciones. 4. Crear un frente democrático amplio, ejercer presión y pedirle la renuncia a Chávez. Como no acatará regresaremos a la opción electoral. 5. Conspirar para estimular un golpe militar. Si los ciudadanos a los que nos referimos creen en esa alternativa, que conspiren ellos. Muchos de nosotros todavía creemos en la salida constitucional.

En el 2010, la oposición ha denunciado el ventajismo del régimen por las últimas decisiones del CNE. Pero, a la vez, muchos de sus voceros han dicho que no hay que lamentarse por las acciones del régimen. Lo que hay que hacer es radicalizar la protesta y consolidar la unidad para derrotar electoralmente a Chávez. En todo caso, si lo mejor es votar, entonces se debe intentar que acuda a los comicios el mayor número posible de electores. Para ello hay que motivarlos positivamente y no es con descalificaciones de sus líderes ni con lamentaciones por los abusos del régimen como se logra que acuda una gran mayoría a votar.

En el 2010 todo lo que contribuya a derrotar al régimen se debe hacer y todo lo que contribuya a debilitar a la oposición se debe evitar.

¡Tan sencillo como eso!

viernes, 4 de septiembre de 2009

EN BUSCA DEL LIDERAZGO PERDIDO

Rafael Gallegos

El drama que más preocupa a este gobierno es su pérdida sostenida de liderazgo. Por eso aceleran leyes autocráticas, para que cuando las mayorías reaccionen, sea tarde. Pero el pueblo los ha descubierto y ya los cataloga como peor de lo mismo. Ellos lo saben y les aterra. Encontraron hace diez años a un país al borde del abismo y, cual gaita, le gritaron: un paso al frente. Y plaf… al abismo. Por sus resultados los conoceréis: ranchos, disminución de empresas industriales, agrícolas y de la producción, inflación, desempleo, partos en las aceras, violencia, licuefacción de poderes, desastre en PDVSA, militarquía y una peligrosa ruptura del alma nacional. Con tanto barranco, perdieron la magia. Les queda la nostalgia de cuando el pueblo los miraba con avidez y eran la esperanza. Ahora son… la frustración y los culpables.

Los “revolucionarios” se desesperan, incrementan la represión y proceden a llenar las cárceles con inocentes manifestantes y con líderes como Richard Blanco, Oscar Pérez, el amenazado Gobernador del Táchira… ¿cuántos faltan? A este paso, ¿cuántos líderes y ciudadanos comunes plenarán las cárceles para Navidad? Cada acción aleja al gobierno del liderazgo popular. ¿Los dioses cegando a los perdedores?

En lugar de buscar las causas de la pérdida del liderazgo, solo se les ocurre actuar a lo ño pernalete y mujiquita, personales galleguianos que no obedecen la ley, sino los deseos del poderoso. Pura ruta de la autocracia. ¿Será que la meta es adaptar aquel viejo chiste referente al “internacionalismo” de la revolución cubana: la oposición en la cárcel, el gobierno en Moscú, el hambre en La Habana, el pueblo en Miami y los soldados en las montañas de América Latina? Insisten en copiarse del peor alumno del salón. Piensan que así materializarán el desideratum de esta “revolución”: permanecer en el poder para toda la vida.

¡Que envidia les da el dictador libio Kadafi! Pero la historia nos muestra que las autocracias siempre son derrotadas por sus pueblos. Alemania superó a Hitler, Chile a Pinochet, España a Franco, los países tras la cortina de hierro derrumbaron el muro de Berlín. En todos insurgió la democracia como ruta efectiva a la calidad de vida.

Es que los liderazgos modernos son de mil cabezas. Colectivos sin supermanes, ni bátmanes, ni mujeres maravilla. Las autocracias son exitosas solo en las comiquitas, porque en la vida real terminan poniendo la cómica. En los países más prósperos del mundo no hay súper héroes, o sea chapitas, stalines o fideles. Cero militarquías. Solo hay equipos políticos de trabajo. Ningún país próspero se acaba porque se vaya el líder. Ah! y todos los países más prósperos del mundo, son democracias.

Los venezolanos padecemos un liderazgo gubernamental ineficiente, excluyente y mal orientado. Hugo Chávez es el único venezolano menor de 80 años que ha sido Presidente de la República. Si esto no es vacío de liderazgo, ¿qué es?

En las últimas décadas, generaciones completas le huyeron al oficio político, quedando éste, en general, en manos de los menos capaces. Como generación, hemos sido los mejores técnicos de la historia… pero los peores políticos. Sin embargo, las sociedades no se suicidan. Hoy emerge un liderazgo para enfrentar tanto desaguisado. Por ejemplo, Ledezma y muchos nombres que están en la calle. Como en la física, los vacíos políticos tienden a llenarse. Así fue en España, a la caída de Franco surgió el treintañero Felipe González, la castrante dictadura de Gómez, generó un Betancourt de apenas treinta y siete años en la Presidencia. Hoy vislumbramos a la juventud más capaz retomando las riendas de la política. Sin embargo, no se trata de sustituir a Chávez por otro líder. Lo imperativo es un liderazgo. Mil cabezas, millones de voluntades y sobre todo, un proyecto de país.

LIDERAZGO ES: PROYECTO DE PAÍS

¿Qué país queremos? Hay grandes consensos: democrático, participativo, respetuoso de la dignidad humana, con Poderes Públicos autónomos, elecciones limpias, descentralización, respeto a la libertad de expresión y a la propiedad privada. Todo lo contrario de lo que tenemos ahora.

El proyecto de país, debe desarrollar programas de marginalidad cero, reindustrialización, relanzamiento del agro, rescate de sistemas hospitalarios y educativos, reingeniería del estado venezolano, de la industria petrolera, de las industrias eléctricas, de las empresas básicas. Un vasto plan de infraestructura. Confianza. Políticas macroeconómicas. Todo un proyecto que rescate la esperanza y redunde en el abrazo nacional sin impunidad y la elevación de la calidad de vida. ¿Difícil?, no tanto y es la única salida. Lo demás es proseguir la eterna historia de mesías que invariablemente resultan falsos profetas.

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