Durante los años más recientes, al menos en lo personal he venido sosteniendo que el verdadero flagelo que está afectando a la humanidad y, en consecuencia, a las sociedades, es la erosión avanzada de los principios y valores éticos.
Cuando extrapolamos esto hacia la política, obviamente podemos encontrar una explicación a lo que de otro modo, no tendríamos como explicarlo. Ciertamente que por más que me esfuerzo en comprender lo que sucede con los representantes de un sin número de países, miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) y las posiciones que asumen, por ejemplo, ante la situación de Honduras y lo que ocurre en Venezuela, no encuentro respuesta, me resulta una prueba patética del surrealismo mágico de las obras de García Márquez.
Pero, cuando tratamos de comprender la posición de los Estados Unidos dentro de esta problemática, la cuestión es todavía más compleja. Porque, (que alguien me ayude, por favor) entender que mientras el gobierno de Barack Obama dicta medidas para relajar las tensiones y abrir el dialogo con el régimen castro-comunista cubano que ha permanecido en el poder por 50 anos, bajo un sistema totalitario y sin elecciones democráticas, por otro lado, ese mismo gobierno de Barack Obama, cierra cualquier opción de dialogo con un gobierno que llegó al poder, luego que las instituciones democráticas destituyeran a Manuel Zelaya por violaciones reiteradas a la Constitución y las Leyes de Honduras. Peor aún, ese mismo gobierno de Barack Obama ha declarado que ante el llamado a elecciones democráticas, abiertas a la observación internacional y que persiguen normalizar la situación política que no reconocerá al presidente electo, resultante de ese proceso democrático. Pero, además, se pone en el mismo lado de opinión que sostienen los regímenes de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y los gobiernos de Argentina, Brasil.
Pareciera que los Estados Unidos, han olvidado que en ese país un Presidente electo democráticamente se vio forzado a renunciar, ante la presión institucional por hechos violatorios a la Constitución y las Leyes norteamericanas. Nadie se atrevió a calificar ese hecho como un golpe de Estado, menos aun, nadie se imaginó siquiera que podría desconocer al próximo Presidente electo.
Tampoco recordamos que cuando en Venezuela fue destituido Carlos Andrés Pérez por acción de las instituciones democráticas, Fiscalía, Corte Suprema de Justicia y Congreso Nacional, nadie pensó en que eso fue un golpe de Estado y menos, desconocer al Presidente encargado Ramón J Velásquez, quien convocó a elecciones en tan sólo 6 meses, resultando electo Rafael Caldera, el cual fue ampliamente reconocido.
Otro caso interesante fue la destitución de Alberto Fujimori, por dictamen de la OEA a causa de las violaciones electorales en contra de Alejandro Toledo, quien dicho sea de paso resultó electo, en el proceso electoral posterior. Nadie calificó esto de golpe de Estado y todos reconocieron a Toledo.
Quedan otros casos como Bucarán en Ecuador y la crisis Argentina.
Entonces, ¿Qué está pasando?, ¿Dónde se perdió la sindéresis, el sentido común y el respeto institucional?
Para nadie es un secreto lo que está sucediendo en América Latina, la abierta, descarada y obscena intromisión de Cuba y Venezuela en los asuntos internos de países como Bolivia, Ecuador, Nicaragua; los inocultables vínculos con el grupo narcoterrorista de las FARC y grupos radicales fundamentalistas iraníes, sirios y palestinos; el uso del petróleo como arma de chantaje que se ejerce sobre países del Caribe; el discurso guerrerista y la carrera armamentista que Venezuela propicia y, en fin, el desarrollo de un proyecto de dominación continental, en el cual no estaba excluido Honduras.
Los hondureños respondieron ante este intento de dominación aunque, quizás la forma no fue la correcta y podría ser cuestionada y hasta sancionada, pero la decisión de fondo se ajusta a los preceptos constitucionales de ese país. Sin embargo, no muy claros intereses totalitarios y otros no declarados, tratan de ahogar los principios de dignidad que afloran en Honduras y que pronto se extenderán por toda América Latina, ya lo veremos y, entonces ¿qué dirán los Estados Unidos?, ¿Qué dirán los gobiernos demócratas que hoy guardan un silencio cómplice?