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martes, 1 de mayo de 2012

EL CÁLIZ DEL DESTIERRO

Antonio Sánchez García
 
A mi amigo y compañero Oscar Pérez, desterrado
Más de un millón de desterrados es el saldo de la canalla venezolana que nos desgobierna. Pronto, mucho más pronto de lo que imaginan, esa canalla beberá también ella en el cáliz del destierro. Conocerá entonces lo que significa escuchar llover en otras lenguas.
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“Afuera está nevando en otro idioma”                                                                               
“De todos modos, mi canto
puede ser de cualquier parte.
Pero estas rotas raíces,
¡ay, estas rotas raíces!”
Rafael Alberti
            Confieso un pecado que hace 40 años me hubiera parecido una intolerable blasfemia: mientras más conozco y sufro los avatares del destino, tan estúpido a veces como los hombres que los provocan, más admiro a los Estados Unidos. Si no me equivoco es, junto a la Inglaterra imperial, de los poquísimos países que han resguardado con sangre, sudor y lágrimas las raíces de sus nacionales. Conozco personalmente a cientos de españoles, italianos, portugueses, alemanes, polacos, rusos, chinos y a muchísimos más cientos de cubanos, argentinos, chilenos, colombianos, peruanos, ecuatorianos, bolivianos que arrastran por el mundo sus rotas raíces. Hablo de los que conozco personalmente. Que en realidad, de los que existen y dan su testimonio de tristeza y desesperación,  son millones y millones que se vieron obligados a ver nevar y llover en otros idiomas y que murieron y seguirán muriendo sin terminar de echar nuevas raíces en suelos extraños. Ni comprender del todo el lenguaje de la risa y del llanto de sus propios hijos, paridos por ellos en donde han debido venir a dejar sus huesos. Es, junto con los millones y millones de muertos o asesinados de las guerras, una de las desgracias más dolorosas del pasado siglo que vivimos y del que ahora mismo estamos viviendo. La innúmera ciudadanía del destierro.
            No he tenido la fortuna, que hubiera sido una desgracia para la humanidad, de conocer un solo norteamericano que haya tenido que asilarse en otro país porque en el suyo imperaba la tiranía y dominaban la persecución y la injusticia. Así gran parte de los desterrados de este lado del mundo – crías de la inefable izquierda marxista - los culpen de sus infortunios. Lo que no obsta para que cubanos, colombianos, ecuatorianos, argentinos y ahora una grande y dolorosa cantidad de venezolanos corran a refugiarse en su regazo. Quinientos años de historia y más de dos siglos de autonomía y democracia estrictamente institucional – con una sola Constitución y algunas enmiendas – han logrado el milagro de que la justicia, el orden y la estabilidad no hayan sido interrumpidas sino durante los graves sucesos de su guerra civil. Logrando, asimismo, lo que merece un agradecimiento eterno: haber sido el último refugio y la última esperanza de quienes eran perseguidos con saña y alevosía en la cuna de la cultura occidental, como el bien amado pueblo de Israel. Dando una contribución invalorable a la derrota de los totalitarismos, tan siniestro el uno como el otro, así del nazismo nadie con dos dedos de frente se sienta solidario y aún existan millones de desaprensivos y amnésicos o ignorantes que se sienten comunistas de corazón y mente. Con algunas tiranías en bárbaro testimonio aún viviente.
            Hay, como en todo, consuelos: intentar el arraigo  en la generosa tierra que nos acogió. Y echar la simiente para que otros de nuestra sangre echen allí sus propias raíces. Así nadie nos devuelva el hilo interrumpido, la sabia contrariada, el flujo de ese río, de esos años de infancia, adolescencia y madurez de los que la canalla de las tiranías nos desencajó brutalmente y para siempre, dejándonos a cambio el sabor de una muerte anticipada. Pero ni la canalla de las tiranías es atributo de una sola nación, ni el destierro desgraciado destino de un solo pueblo.
            Así, cada día que vivimos, algún tirano en alguna parte del planeta le está rompiendo las raíces a algún desgraciado. A veces doblemente infortunado: echa raíces en hijos que se ven obligados ya crecidos y emancipados a tener que escoger a su vez el camino del destierro y buscar horizontes perdidos. Como lo dijera ese desterrado ejemplar, Rafael Alberti, que uniera su sufrimiento con el de mi esposa, otra desterrada, para cantarle acongojado a sus dolorosos destierros: “De todos modos, mi canto puede ser de cualquier parte. Pero estas rotas raíces, ¡ay, estas rotas raíces!”
            Más de un millón de desterrados es el saldo de esta canalla venezolana que nos desgobierna. Pronto, mucho más pronto de lo que imaginan, sorberán también ellos de la amarga hierba del destierro. Conocerán entonces lo que significa escuchar llover en otras lenguas.

martes, 13 de diciembre de 2011

LOS INTELECTUALES INCENDIARIOS (Carta a Rectora de la UCV)


Lo sucedido en la UCV es un síntoma escandaloso de la grave crisis existencial que hoy vivimos. Que no se resolverá con paños tibios ni guiños de ojos, temor a los grandes desafíos y complacencias espurias. Venezuela requiere salir de Chávez con urgencia, ciertamente. Pero si quiere desterrar para siempre la barbarie que anida en sus genes, tendrá que ser gobernada por gentes decididas y valerosas, cultas, lúcidas y valientes. Llegó la hora de la gran cruzada moral por la refundación de la república. O no merecemos el título de Nación.
Antonio Sánchez García
A Cecilia García Arocha
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La Nomenklatura chavista no estudió en Cambridge ni en Harvard: nació, se crió, creció, estudió, se graduó y enseñó en la UCV. Y vivió sus mejores años a la sombra del Aula Magna, patrimonio histórico de la humanidad. Si hay una institución a la que ellos y aquel teniente coronel al que han encumbrado al omnímodo poder de la Venezuela dictatorial le deben sus éxitos, es precisamente a esta universidad. Marxista, izquierdista, revolucionaria, estatista y populista hasta la médula. Como todas o casi todas las universidades latinoamericanas estatales: desde la UNAM a la Universidad de Chile, desde la de La Habana a la de San Marcos. Universidades en cuyos laboratorios, cátedras y seminarios se ha investigado la manera de dominar a una sociedad, de asaltar el poder y construir la dictadura del proletariado. Universidades en las que Carlos Marx y Federico Engels han sido leídos y releídos, comentados y desentrañados en todos sus aspectos: sociológicos, filosóficos, históricos, jurídicos, políticos, antropológicos y culturales. Universidades que han escupido sobre el legado de Sócrates o Platón, de Hobbes o de Adam Smith, pero que han elevado a los altares a Hegel y Sain Simon, a Lenin y a Antonio Gramsci, a Fidel Castro y al Ché Guevara. Desconociendo olímpicamente a quienes han destacado la relevancia de la economía de mercado, el capitalismo y la libertad que de él necesariamente se deriva. Despreciando la realidad real que las ha hecho posibles con la no oculta intención de envenenarla, fracturarla y aniquilarla. ¿Alguien enseña a Hayek o a Ludwig von Mises?
Una situación en extremo contradictoria. Pues la UCV y todas esas universidades estatales han podido convertirse en el reservorio de la protesta, del reclamo, de la instigación al odio y la lucha de clases, a la revolución proletaria y la dictadura socialista mediante la tolerancia de los sistemas que las protegen, las financian, las mantienen y las subvencionan. Cuidándolas como a las niñas de sus ojos. De esos sistemas que dan sus vidas por garantizar la autonomía universitaria, proclamada como uno de los más altos valores de la democracia burguesa desde nuestros orígenes nacionales, allá por Córdoba, Argentina, en 1918. Si alguna sentencia es válida para describir esta extraña y contradictoria simbiosis entre sociedad capitalista y universidad pública es la medieval y cortesana conseja del asesor de palacio: cría cuervos, que te sacarán los ojos.
Es el mal necesario de una cultura que sobrevive y se multiplica gracias a sus ingenieros, sus médicos, sus economistas, sus veterinarios, sus maestros, sus agrónomos y todos aquellos que son necesarios para la creación de nuestra riqueza y su óptima organización y reparto social. Pero que no puede existir sin llevar consigo el germen de la disolución, de la autoflagelación, de la crítica corrosiva y desintegradora. Lo que Freud llamara “el malestar en la cultura” y Marcuse “Eros y Civilización”. El espejo, el único espejo espiritual en que nos vemos obligados a mirarnos, así nos desfigure el rostro y exagere las taras. Los griegos distinguían entre ambos y contradictorios aspectos de nuestra autoconciencia mediante lo que los romanos llamaron el otium – el ocio –y su contrario, el negotium – el negocio. Y el psicoanálisis las dos pulsiones vitales de nuestras vidas: eros y tanatos, el amor y la muerte.
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Enrique Krauze no daba crédito a lo que veían sus ojos: los jóvenes universitarios venezolanos NO son comunistas, NO son marxistas, NO son ultraizquierdistas. Son demócratas. “Que yo, un pensador liberal, sea recibido en volandas en una universidad venezolana, me abruma”, me dijo en alguna ocasión. “En México si entro a la UNAM me tiran huevos podridos”. Lo mismo me dijo Mario Vargas Llosa, cuando vino a recibir el doctorado honoris causa por la Universidad Simón Bolívar. Su admiración por los jóvenes dirigentes universitarios con los que se reuniera en casa de nuestro recordado amigo Ricardo Zuloaga no tuvo límites.
Es una infortunada contradicción que hoy gobiernen quienes hace cuarenta años usaron la UCV de cuartel de reaprovisionamiento y retaguardia de las guerrillas castristas. Es un trágico malentendido que bordea la política ficción que dos comandantes de esas guerrillas que usaron la UCV a mediados de los 60 como Sierra Maestra y última frontera de la invasión castrista – Ramiro y Fausto, máscaras clandestinas de Fernando Soto Rojas y Alí Rodríguez Araque – sean hoy sostenes fundamentales de la barbarie. Lo hemos contado con Héctor Pérez Marcano en un libro cuya lectura aconsejo: La invasión de Cuba a Venezuela. De Machurucuto a la revolución bolivariana (Libros de El Nacional). Donde puede comprobarse la larga data de este asalto que hoy campea por sus fueros.
Era por entonces la UCV una universidad que le abría a Pablo Neruda, el apologista de Stalin en plena guerra fría, las puertas del Aula Magna de par en par. Pero se las cerraba en las narices al propio presidente de la República en ejercicio y líder histórico de nuestra democracia, Rómulo Betancourt. A quien la estulticia, la barbarie y el fascismo más rancio de los jóvenes castristas le impedía celebrar un Congreso por la Libertad y la Cultura, con asistentes tan prominentes como el futuro presidente de Chile Eduardo Frei Montalba y el Gobernador de Puerto Rico Luis Muñoz Marín. Ante la absoluta impotencia del entonces rector Francisco de Venanzi y su Consejo universitario. Que debieron presenciar en silencio cómo la caravana presidencial debía regresar a Miraflores ante el desprecio del estudiantado universitario. Cuando el “macho” Pérez Marcano me echó el cuento, se me creció aún más la estatura de aquel líder todavía hoy desconocido de nuestras juventudes.
Se puede seguir el rumbo de la decadencia de nuestra democracia por la decadencia de nuestra Alma Mater. Que un trastornado y pervertido sexual hoy condenado por asesino llegara a rector con el respaldo del Partido Comunista y la izquierda marxista, hoy en el poder, era un claro anticipo de los tiempos. Su paciente predilecto y aconsejado espiritual comanda Venezuela como a un cuartel desde hace 13 años. No eran intelectual y moralmente distintos los que le siguieren en la gestión: Ni Trino Alcides Díaz ni Luis Fuenmayor Toro hubieran llegado a asistentes en una universidad respetable. Ni soñar con un rectorado.
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De modo que estamos pagando el precio por el desinterés de nuestras élites ante el destino académico de la Nación. Y la grave consecuencia del desprecio al pensar de una sociedad que pospone la importancia de la inteligencia ante la exultante belleza de una Miss Universo. Quienes permitieron que Edmundo Chirinos fuera rector de nuestra principal casa de estudios ya se habían entregado a la idea de ser gobernados por un ágrafo, brutal, avieso y felón teniente coronel. Eran los herederos de aquellos que le cerraran las puertas a nuestro más grande estadista del siglo XX. Dime la universidad que tienes y te diré quién eres.
De allí la inmensa, la trascendental importancia de la admiración que grandes intelectuales como Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa sienten por nuestra juventud universitaria. De allí la esperanzadora realidad de una universidad estatal que le profiere una aplastante, una demoledora, una descomunal derrota electoral a las huestes de la barbarie. Que ante la incontrovertible impotencia espiritual y moral no tiene más recursos que el brutal ejercicio de la violencia fascista, asaltando, disparando, incendiando el santuario de nuestro encuentro espiritual con la Patria: esa misma Aula Magna que ha sido espacio de las más variadas expresiones artísticas y culturales del mundo. Patrimonio artístico de la humanidad y sede de la más bella obra de la escultura contemporánea. Lugar del último adiós de quien tanto veneran los cultores del fascismo cotidiano, Alí Primera.
Lo sucedido en la UCV es un síntoma escandaloso de la grave crisis existencial que hoy vivimos. Que no se resolverá con paños tibios ni guiños de ojos, temor a los grandes desafíos y complacencias espurias. Venezuela requiere salir de Chávez con urgencia, ciertamente. Pero si quiere desterrar para siempre la barbarie que anida en sus genes, tendrá que ser gobernada por gentes decididas y valerosas, cultas, lúcidas y valientes. Llegó la hora de la gran cruzada moral por la refundación de la república. O no merecemos el título de Nación.

jueves, 7 de julio de 2011

ANTE EL ABISMO de SOBERANÍA, CIVILIDAD, MILITARISMO

Antonio Sanchez Garcia
                                                                                     
Imposible ocultar la inmensa gravedad de la crisis porque atraviesa la República. Y su expresión más temible: la pérdida real de nuestra soberanía. Que en el colmo de las contradicciones y el capricho de la historia se expresaría en toda su crudeza precisamente el pasado 5 de Julio, cuando pretendíamos celebrar el bicentenario de nuestra Independencia.
 
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Es la primera vez, en doscientos años de historia independiente, que el oficial de más alto rango a cargo del desfile militar con que la Nación celebra su Independencia, el general Clíver Alcalá Cordones, confiesa urbi et orbe que nuestro país se halla “en un abismo”. Y como consuelo por tan aterradora afirmación, que nadie osaría poner en cuestión y que fuera expresada frente a tres presidentes y altos funcionarios de países extranjeros, agrega que unidos, las FANB y el presidente de la república, lograrán la proeza de sacar a la Venezuela bicentenaria de ese insondable abismo en que nos encontramos.

No deja de ser un consuelo temerario, visto que de ser cierto su grave diagnóstico - y ciertamente todas las pruebas a la mano confirman su exactitud - soslaya la explicación de las causas que han provocado este deslizamiento nacional hacia las profundas honduras de su abismo y el principal causante de que así sucediera. En rigor, dos factores: el presidente de la república, invocado como el salvador del entuerto en el que él mismo nos metiera, y las FANB, a la cabeza de las Instituciones, que en lugar de velar para que tal deslizamiento no sucediera, han cooperado con ahínco y prolijidad digna de mejor causa para anularse como factores contralores y así auto mutiladas, destruir las bases sobre las que se sustenta la República. Y cuyo desmoronamiento explica su caída en los abismos.

De allí la justeza del diagnóstico y la gravedad del remedio recomendado, que resultaría infinitamente peor que la enfermedad. Ni el presidente de la república, muchísimo menos en su actual estado, ni las FANB, dado su actual sometimiento, podrían sacarnos del abismo. Ambos: el presidente de la república, teniente coronel dado de baja y actual comandante en jefe de iure y de facto, y sus fuerzas armadas, absolutamente subordinadas a la persona que preside la República, están en capacidad de sacarnos del abismo. Pues ese abismo es producto de la manifiesta violación por ambas partes de la Constitución Nacional y del orden democrático que en ella se establece. El primero, por violarla metódica y sistemáticamente tras su afiebrado intento por establecer un régimen autocrático y totalitario en nuestro país; el segundo, por acatar ese propósito y renunciar a sus sagradas prerrogativas institucionales que le corresponden.

Pues ese abismo, seamos claros, se expresa en un fenómeno reiterativo de nuestras desgracias, que con el advenimiento del 23 de enero de 1958 se había creído superado para siempre y que desde el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 ha vuelto irrumpir con renovados bríos para ir imponiéndose contra viento y marea sobre una república que se creía civil, institucionalista y democrática: el militarismo caudillesco y dictatorial. Es la primera grave certidumbre que la llamada celebración del Bicentenario ha venido a poner de manifiesto. Venezuela se halla hundida en el abismo de una dictadura autocrática y militarista.

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Imposible ocultar la inmensa gravedad de la crisis porque atraviesa la República. Y su expresión más temible: la pérdida real de nuestra soberanía. Que en el colmo de las contradicciones y el capricho de la historia se expresaría en toda su crudeza precisamente el pasado 5 de Julio, cuando pretendíamos celebrar el bicentenario de nuestra Independencia. Como lo señalara Manuel Felipe Sierra en un importante programa de opinión, el proyecto de unir Cuba y Venezuela bajo un solo gobierno ha dejado de ser una delirante fantasía del pasado para convertirse en una dolorosa realidad del presente. Según sus palabras, existen en la actualidad dos gobiernos: el formal, el aparente, el que se expresa en el trajín cotidiano y cumple con las obligaciones de una burocracia de Estado y los símbolos que actúan bajo la imposición de la inercia, y el gobierno real, efectivo, que se enmascara en aquel mientras maneja los instrumentos claves y decisorios del Poder del que depende la marcha de la república. Este gobierno real no tiene su asiento en Caracas ni depende de Hugo Chávez: se ejerce desde la Habana bajo el control de Fidel y Raúl Castro. Que han establecido, por razones psicológicas, espirituales y de manipulación afectiva un dominio absoluto y total sobre el presidente de Venezuela y los miembros más conspicuos de su entorno. En la cruda realidad de los hechos, el gobierno venezolano es un apéndice de la dictadura totalitaria cubana.

Sólo la ingenuidad – falsa o verdadera - de quien ni siquiera comprende el peso y la gravedad de las palabras pudo llevar al ex dirigente Tupamaro y actual presidente constitucional del Uruguay a declarar públicamente que “Hugo Chávez fue secuestrado por Fidel para garantizar su restablecimiento”. Ese secuestro de hecho existe y es una realidad indudable, así el secuestrado, en una muestra de intolerable servilismo,  colabore no sólo de buen grado, sino que se enorgullezca de ello. Para volver a Venezuela ante el cúmulo de indicios que hablaban de graves desavenencias en la cúpula del poder bolivariano, Hugo Chávez tuvo que requerir del auxilio del principal agente cubano en suelo venezolano: Alí Rodríguez Araque, comandante Fausto. Quien debió emplear todos los medios de convicción a su alcance para lograr “la autorización” del tirano cubano para el traslado a Venezuela de “su” paciente. Si la subordinación de Chávez a Fidel Castro constituía parte del inmenso poder espiritual y psicopatológico que su padre putativo ejerce sobre su rendido discípulo, la grave enfermedad que le aqueja – un cáncer de pronóstico reservado – lo ha hecho aún más dependiente.

Los venezolanos debemos agradecerle al tirano cubano la presencia de nuestro presidente en el acto más trascendental de su mandato. Ningún presidente latinoamericano, y desde luego muchísimo menos un hombre integral como Salvador Allende, dependió a este grado del gobernante cubano y su régimen. Ninguno de sus adláteres llegados al Poder – desde Lula hasta Evo Morales y desde Rafael Correa y Néstor Kirchner hasta Daniel Ortega – se sometieron de manera tan obsecuente, avasallada y servil a la manipulación del tirano. Es el abismo que el general de división  Alcalá Cordones le hizo saber este 5 de julio de 2011 al país.

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Me he referido en otro lugar a las múltiples lecciones que se deducen de la acefalia presidencial y las graves consecuencias que se derivan del dramático cambio de las circunstancias políticas derivadas de la virtual anulación del papel decisorio del presidente de la república debido al cáncer de colon que padece. Ni Chávez ni el país serán los que fueran hasta el 10 de junio pasado, cuando fuera intervenido por primera en La Habana. Chávez padece de una grave enfermedad que limita de manera drástica e inevitable su accionar político y que muy posiblemente lo obligue a mantenerse alejado del ejercicio del Poder e incluso lo inhabilite para sostener el activismo brutal que demanda una campaña presidencial. Venezuela es otra.

No es necesario insistir en un hecho tan obvio que resulta redundante recordarlo: este proceso depende del vínculo afectivo, carismático y fundamentalista de su persona con los sectores más desvalidos de nuestra sociedad. Y más allá de un importante y numeroso grupo radical y extremista, filo castrista y eventualmente armado – posiblemente el factor desestabilizador por excelencia ante un eventual gobierno de transición -  no cuenta con un partido sólido y capaz de asumir el mando, como sucedía en los regímenes comunistas. Como lo señalara en su momento Diosdado Cabello, no existe el chavismo sin Chávez. Lo cual hace más dramática y crucial la dependencia del régimen a los dictados cubanos. Cabe presuponer, en consecuencia, que el inevitable agravamiento de su mal profundizará, por una parte, la dependencia del gobierno formal respecto del gobierno real, y desatará las apetencias de los dirigentes de un partido carente de ideología, tradición y propósitos, cuyos demonios se desataran en cuanto se conoció del cáncer presidencial y ninguno de cuyos líderes alcanza ni de lejos la estatura del caudillo y cuyo aparato de gobierno es el resultado incoherente de la sumatoria de clientelismos.

Imposible predecir el curso futuro de los acontecimientos. Imposible saber hoy si Chávez podrá ser el candidato mañana. Imposible predecir el comportamiento de las fuerzas armadas ante el derrumbe presidencial y la anomia que podría provocar en una sociedad entregada a sus pasiones, dado que la opinión del sector procastrista y por ahora dominante en su interior podría evolucionar ante la inevitabilidad del cambio y la eventual emergencia de sectores constitucionalistas y democráticos, que estarán velando en sus cuarteles por la sobrevida de la institución, de la Patria y  de sus carreras.

Una de las más resaltantes lecciones derivadas de la ausencia presidencial ha sido el ejemplar comportamiento de la oposición. Aseguró la información veraz y oportuna a través de uno de sus más destacados comunicadores y el medio impreso en que publica. Sin los runrunes de Nelson Bocaranda, ni el presidente del Congreso, ni la presidenta del TSJ, ni la Fiscal, ni los diputados oficialistas y ni siquiera el gabinete y el Estado Mayor hubieran tenido la menor idea de lo que ocurría con su presidente en La Habana. Y la otra lección, aún más trascendente, fue la contribución de partidos, ONGs, ciudadanos y medios a la estabilidad del país. No fue el gobierno ni fueron las fuerzas armadas los garantes del orden: fue una oposición altamente consciente de su responsabilidad ante la historia. Que la infinita mezquindad de Chávez y sus fuerzas lo callen, es harina de otro costal. La grandeza es y será siempre, la responsabilidad de los vencedores.

jueves, 30 de junio de 2011

LA HORA FINAL

Antonio Sánchez García                                                                                                                 
Venezuela es, desde el 10 de junio, otro país. Chávez no está muerto ni posiblemente lo esté en años. Le ha sucedido algo peor, porque es menos glorioso: se nos ha vuelto súbitamente inútil, obsoleto. Ya es tarde para parapetar de urgencia una nueva realidad pariendo de la noche a la mañana una revolución armada, socialista, bolchevique, heroica y arrolladora como la que naciera y muriera en la Sierra Maestra. Tal como lo pretende Adán Chávez, patética y lamentable parodia de Raúl Castro, el comunista de la familia.      Nunca segundas partes fueron buenas.
A Pompeyo Márquez
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            Marx encontró una bella metáfora para referirse a ese proceso sociopolítico, cultural y económico que va tejiendo nuevos escenarios históricos casi siempre a redropelo de la voluntad de los hombres y a veces, incluso, contra su expresa voluntad. Engañando a tirios y troyanos y usando los más equívocos, falsos y trastornados mensajeros. Lo llamó “el viejo topo”. Y al trabajo que realiza en el subsuelo de la conciencia colectiva hasta derrumbar todas las falsas certidumbres para permitir el nacimiento de una nueva sociedad lo llamó “su trabajo de zapa”.
Súbitamente y de la manera más insólita, pues nadie se lo había siquiera imaginado, el viejo topo hace su trabajo de zapa bajo el resquebrajado cuero seco de esta Venezuela petrolera. Y para terminar de derrumbar el tinglado fantasmagórico de esta sedicente revolución bolivariana y permitir que emerja del trajinado subsuelo de nuestra sociedad la nueva sociedad moderna y globalizada que exigen las circunstancias, se sirve del falso mensajero: un teniente coronel con aspiraciones de eternidad al que el destino, en una siniestra jugarreta, le desemboza de un solo tajo la dolorosa fragilidad de su existencia. La historia lo pilla en offside: fuera de juego. Con su revolución en el cartapacio.
            Pertenezco a aquellos que creyeron que Hugo Chávez, en esta particular circunstancia,  se desempeñaba en el rol de lo que Molière llamara “le malade imaginaire”, el enfermo imaginario. Bajo la mise en scène de Fidel Castro y la producción estelar del G2 cubano. En un operativo que llamé “misión resurrección”. Consistente, tal como lo ha hecho el mayor de los Castro, en desaparecer de la faz del planeta, provocar conmoción pública y reaparecer al filo de la desesperación colectiva para ser recibido en gloria y majestad como el hijo pródigo, ya al borde de la histeria. Tiempo suficiente, además, para volver a empaquetar la mercadería: un lifting, una cirugía estética, un new look para ver si engañaba a Cronos, el Dios del tiempo, el implacable. Ha sido el recurso con el que su íntimo amigo y compañero de aventuras Muammar Gadaffi ha refrescado su imagen, hasta ahora, cuando los dioses del desierto le vuelven la espalda.
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           La realidad parece desmentirme. La realización de la asamblea cumbre de la organización con que el segundo de Fidel Castro imagina el futuro sin la OEA, el CELAC, pautada para el 4 y 5 de julio en la isla de Margarita, jugada maestra de los bolivarianos y del lulista Foro de Sao Paulo con la que pretenden desbancar a los Estados Unidos y al Canadá del tablero político latinoamericano,  ha sido cancelada el pasado miércoles 29 de junio. La razón clama a los cielos: Chávez está enfermo. Y no de cualquier minucia propia de personajes estresados - empresarios, artistas, periodistas, productores de televisión, políticos derrotados y jugadores de bolsa - tales como una gastritis, colon irritable, mareos súbitos, torsiones musculares, obesidad y desmayos causados por la acumulación de acosos existenciales. De ninguna manera. Chávez padece de cáncer. Por ahora, según se deduce de las informaciones que traspasando el espeso muro del secretismo propio de regímenes totalitarios han llegado a los medios nacionales e internacionales, no padece de un cáncer terminal y devastador, como los que suelen llevarse a los simples mortales en pocos días con la silbante ráfaga de un guadañazo. Pero no nos llamemos a engaño: un cáncer es un cáncer. No existe un cáncer benigno - ejemplar oxímoron -, como esos malestares que se guardan en el portafolios y nos sorprenden el día de mañana llegando a la oficina. Una acidez pertinaz e insoportable después de días de alcohol, sexo y fatiga.
           Nadie ha dicho que el cáncer de Chávez, supuestamente de próstata con algún nivel de metástasis en otros órganos vecinos – se habla del hígado y del páncreas, incluso de sus huesos -, se lo llevará al otro mundo de un día al otro. Conozco a muchos que han sobrevivido años y años con un cáncer, de los aviesos y traidores. Pero al día de hoy y a pesar de esa certidumbre debemos reconocer que casi todos quienes sufren de cáncer se invalidan para las grandes aventuras psíquicas, físicas y corporales a las que se sentían llamados. En la inefable pantalla espiritual de sus vidas se asoma la persistente, la tenaz, la aviesa sombra de la más antigua, más amarga y más extenuante de las certidumbres: la de la inmediatez inevitable de la muerte. En esos casos, ese tenue velo de la eternidad con el que convivimos en la sana inconsciencia cotidiana, se rasga como con un relámpago. Murieron las ilusiones.
           Esto le, nos sucede, además, en el peor y más angustioso de los momentos del proyecto vital que ha convertido en esencia de su vida desde sus tempranos días en la Academia Militar. Le sucede cuando la llamada revolución bolivariana se derrumba en pedazos sin haber dejado a su paso una sola institución, una sola obra, una sola realidad imperecedera. Como suele suceder con regímenes autocráticos sustentado en atributos absolutamente personales y azarosos del autócrata. La única que pudo sobrevivirle, la Constitución, ha sido envilecida, atropellada y ultrajada por sus mismos creadores. En un país que siente animadversión congénita por el orden constitucional y se lo ha pasado pergeñando constituciones – ya van 27, mientras Estados Unidos tiene una con enmiendas e Inglaterra simplemente carece de ella  - difícilmente le sobrevivirá más de algunos meses.    La asamblea nacional – sea escrito en minúsculas dada su bajeza - es infinitamente más venal, corrupta y despreciable que todas las que la precedieran en estos doscientos años de vida legislativa. Incluso la de Cipriano Castro, sobre la que Rómulo Gallegos escupiera su juvenil y corajudo desprecio hace más de un siglo. Y el partido que se sacó de la manga en medio del aluvión social que lo arrastrara al Poder, el PSUV, se volverá escenario de una guerra a dentelladas por la herencia de los despojos. En suma: estos trece años de despilfarro, desorden, odios, enfrentamientos y esperanzas yacen por los suelos. Tanto, que uno de sus más importantes artífices, el teniente Diosdado Cabello,  se ve en la obligación de señalar que sin Chávez, no queda, no quedaría, no quedará absolutamente nada. Como exclama el croupier cuando detiene las apuestas: fin de partie. Para comprender la magnitud de la confesión me imagino un solo escenario: ¿Stalin exclamando que sin Lenin se acabó la revolución bolchevique? Imposible.
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           Aún así, haberse mantenido firmemente montado sobre el alebrestado cimarrón que lo respalda no es poco para un ágrafo teniente coronel al que en la academia militar menospreciaban sin miramientos  apodándolo “el loco Chávez”.  Haber enfebrecido a un pueblo rebajado a pasto de sus ambiciones ha sido una proeza que pasará a la historia. Como tambiél pasará el hecho insólito y condenable de no dejarle un techo, un pan, un abrigo a pesar de haber contado en una década con la mayor fortuna jamás conocida en la historia de Venezuela desde su descubrimiento. Ni siquiera le entrega una auténtica Nación en la que cobijarse. Sólo un recuerdo vaporoso y difuso que el viento irá esparciendo en el olvido como el sueño de una larga, interminable, pesadillesca noche de verano. Pues todo lo que sobrevive en instituciones, en infraestructura, en desarrollo económico, cultural y social ha sido obra de los cuarenta años que lo precedieran. Y que el más feroz de los embates no ha podido terminar por destruir.
          Es esencial que las élites lo comprendan y se preparen a actuar en concordancia: Venezuela, desde el 10 de junio de 2011, día en que se le operara en La Habana de un absceso pélvico producto de una prostatectomía, ya es otro país. Chávez no está muerto ni posiblemente lo estará en años. Le ha sucedido algo peor, porque es menos glorioso: se nos ha vuelto súbitamente inútil, obsoleto. Temeroso, frágil y quebradizo. Ya es tarde para parapetar de urgencia una nueva realidad pariendo de la noche a la mañana una revolución armada, socialista, bolchevique, heroica e impoluta como la que naciera en la Sierra Maestra y muriese a poco andar de un brutal totalitarismo caudillesco y autocrático. Tal como lo pretende Adán Chávez, patética y lamentable parodia de Raúl Castro, el comunista de la familia. Nunca segundas partes fueron buenas.
           La oposición debe descifrar las claves de este nuevo país. Y observar con atención al estado de excepción que se agudiza tras este providencial suceso. Un atentado del destino ha fracturado las bases del Poder caudillesco que sostenía la farsa revolucionaria.  Desde luego, y visto en la gran perspectiva del Poder y la Historia, no se trata de mantener la ficción electoral sometiéndola al estrés del apuro y la precipitación. Se trata del aprehender y comprender en toda su magnitud el momento crucial que vivimos, el Kairós (καιρός) que llamaban los griegos: ese instante único e irrepetible por el que se nos cuela lo nuevo, lo inédito en la historia. El problema, así como el desafío, son trascendentales. Se trata de asumir la responsabilidad del Poder y asegurarle a la Nación el futuro cuyas portones acaban de ser abiertos por el viejo topo. Lenin exigió en sus tesis de abril de 1917, cuando la parodia democrático burguesa intentaba gatear, “todo el poder a los soviets”. Llegó la hora de exigir “todo el Poder a la Democracia” y proceder de inmediato al delicado montaje de la transición a la nueva Venezuela. Dios quiera que sea por medios electorales. Y que el fantasma del golpe de Estado que estará rondando las cabezas de los más afiebrados de entre los huérfanos de Chávez, ultima ratio de una revolución que se desbarranca, sea impedido por la sensatez de nuestras élites civiles y uniformadas. La Patria lo demanda. La decisión está en nuestras manos.

lunes, 30 de mayo de 2011

LOS PRECANDIDATOS Y LA PDVSA QUE NOS AVERGÜENZA

Antonio Sánchez García
 
Quienes aspiren a presidir este pobre país rico, ya al borde de ser simplemente pobre, misérrimo y subdesarrollado, están obligados a conocer esta situación al detalle, trabajar hoy – no mañana – por preparar las fórmulas alternativas de desarrollo para una industria que jamás nunca volverá a ser la misma y tener el coraje y la fortaleza para enfrentar la demagogia patriotera y engañosa de quienes han destruido nuestra gallina de los huevos de oro. Y hoy arman alharaca para cobijar sus criminales desafueros en la superchería del patrioterismo. ¿Saben aquellos que la defienden sin matices ni
diferenciaciones que cuando salían en defensa de esta PDVSA se encompinchaban objetivamente con quienes la han estrangulado? ¿Saben que alineándose irreflexivamente junto a Hugo Chávez, Rafael Ramírez y todos sus esbirros se hacían, posiblemente sin quererlo, cómplices de un crimen?



¿Qué extrañas y no explícitas razones han llevado a algunos precandidatos de altísimo perfil, que puntean en las encuestas y son considerados mediáticamente y ya a nivel internacional  como serios aspirantes a suceder al teniente coronel Hugo Chávez al frente del gobierno venezolano  a defender a capa y espada lo absolutamente indefendible? ¿Qué impulso vital los llevó a romper lanzas por una empresa en ruinas, destruida en su esencia moral, incapacitada estructural y operativamente para cumplir las funciones para las que fuera fundada – desvirtuadas y desnaturalizadas por la barbarie socialista - y utilizada hoy por el régimen como caja de financiamiento de su proyecto totalitario y expansionista? ¿Qué fundamento político explica su decisión de darle su pleno respaldo al mascarón de proa de este barco a la deriva que es PDVSA, la perfecta metáfora de un régimen forajido que la usa como instrumento de la destrucción de la república y la ruina y devastación de nuestras tradiciones? ¿Por qué solidarizarse con una empresa que dejó de ser propiedad de los venezolanos para convertirse en la guarida del asalto de la barbarie y sirve objetivamente a fortalecer a los enemigos de la democracia y la paz mundial, como la tiranía de los ayatolas? ¿Por qué abrazarse al oso de Miraflores en defensa de una institución que ha prostituido y devastado, contrariando sus fines específicos, cuales son los de coadyuvar al desarrollo nacional y sacar al país de la miseria en que hoy se encuentra? No nos cabe otra explicación que la congénita confusión que altera a algunos espíritus opositores carentes de madurez y experiencia que creen que enfrentar frontalmente y sin concesiones la barbarie imperante puede  resultar negativo electoralmente. Fausto Masó lo ha explicado con su habitual perspicacia en su más reciente columna en El Nacional. Cometen un grave error.

La destrucción de PDVSA y las ignominias que por su control ha cometido el régimen del teniente coronel Hugo Chávez no pueden ser desconocidas por venezolanos que aspiran a ser el próximo presidente de 28 millones de venezolanos. Desde la destrucción de su idea matriz, la meritocracia, causa principal de su pasada y ya proverbial aunque pisoteada excelencia, hasta la brutal supresión de su capacidad técnica y gerencial: miles de años de profesionalismo y capacidad humanas, echados a la calle en la figura de más de 20 mil empleados, por razones estrictamente políticas. Y a consecuencias de lo cual el país viviera la crisis más dramática de su historia, abriendo los portones de nuestra institucionalidad a la barbarie, la invasión extranjera, el control de nuestros recursos, e incluso de nuestra propia identidad, por las fuerzas policiales y de seguridad cubanas y la pérdida de nuestra soberanía.

Esta PDVSA, prostituida sistemática y aviesamente por el régimen a través de Rafael Ramírez, un funcionario situado en un grado del escalafón  que jamás le hubiera permitido posesionarse de su mando absoluto ni del ministerio adjunto, no sólo arruinó a mucho más de veinte mil familias, en una acción inédita en los anales de nuestra historia laboral. Les robó sus prestaciones, poniéndolas al servicio de especuladores financieros y asaltantes de cuello blanco. Abriéndose simultáneamente, y salvo honorables y contadas excepciones, al asalto de cien mil seguidores del régimen, sin mayor capacitación que su adhesión incondicional al presidente de la republica. Un expediente sólo imaginario en regímenes fascistas y totalitarios. Y convertida, víctima de la improvisación sin medida y la incapacidad más aterradora, en un mercado persa de uso múltiple.

La pérdida de la capacidad productiva fue pareja al asalto de la barbarie. Una empresa que podría estar produciendo cinco millones de barriles diarios apenas supera los dos millones. De los cuales no vende más que la mitad. Por cierto y en el colmo de las paradojas, a los Estados Unidos. El resto se va por entre los dedos del consumo interno, el regalo a una tiranía ávida de nuestra graciosa y desvergonzada “solidaridad”, la chulería de caudillos que han llegado al ex abrupto de apoderarse, sin mayor esfuerzo que la zalamería y la sumisión, de 55 mil millones de dólares. Y si con su envilecimiento presente no bastase, la insaciable necesidad de respaldo financiero para mantener su perfil ha llevado al presidente de la república a suscribir de manera irresponsable y criminal compromisos a futuro que la hipotecan para generaciones y generaciones de venezolanos. Vendiendo de paso una empresa de refinación que hoy es valorada en alrededor de 23 mil millones de dólares en la décima parte de su valor. Y a eso llaman soberanía. Y a ese soberano se subordinan nuestros jóvenes precandidatos.

PDVSA no sólo está arruinada, endeudada por miles y miles de millones de dólares y secuestrada a futuro, sino herida de muerte. Según todos los expertos petroleros, es una empresa moribunda, a la deriva, imposible de recuperar. Y cuyos índices de deterioro alcanzan tal grado de destrucción, que lo que jamás sucediera en sus instalaciones a lo largo y ancho del país en sus años de vida hasta el asalto al Poder del teniente coronel Hugo Chávez, ha ocurrido ante el espanto de quienes se sienten emocional y profesionalmente vinculados a ella: la cantidad de accidentes laborales ha sido tan desgraciada, que han fallecido por esas causas más de sesenta trabajadores venezolanos.

Este auténtico apocalipsis de nuestra principal fuente de financiamiento ha tenido lugar en un momento que se avizora dramático para la industria: según todos los indicios, el petróleo no soporta treinta años más de vida como factor energético determinante del desarrollo de la humanidad. Las fuentes alternativas, naturales y artificiales, son un hecho comprobado. Los países más desarrollados no esperaran por el despertar de la democracia venezolana para echar a andar su despegue de la que habrá sido entonces un recuerdo del pasado. Como ha sucedido tantas veces a los largo de la historia de la humanidad.

Quien aspire a presidir este pobre país rico, ya al borde de ser simplemente pobre, misérrimo y subdesarrollado, está obligado a conocer esta situación al detalle, trabajar hoy – no mañana – por preparar las fórmulas alternativas de desarrollo para una industria que jamás nunca volverá a ser la misma y tener el coraje y la fortaleza para enfrentar la demagogia patriotera y engañosa de quienes han destruido nuestra gallina de los huevos de oro. Y hoy arman alharaca para cobijar sus criminales desafueros en la superchería del patrioterismo. ¿Saben esos precandidatos que cuando salían en defensa de esta PDVSA se encompinchaban objetivamente con quienes la han estrangulado? ¿Saben que alineándose junto a Hugo Chávez, Rafael Ramírez y  todos sus esbirros se hacían, sin quererlo, cómplices de un crimen?

Son preguntas que les formulo sin ningún otro ánimo que ayudar a esclarecer nuestras posiciones, definir nuestras políticas y clarificar nuestros propósitos. Como bien dijera el Dr. Johnson, el nacionalismo es la última guarida de los canallas. No les abramos la Puerta.

jueves, 24 de marzo de 2011

DICIEMBRE DEL 2012, La Urgencia Del Programa

DICIEMBRE DEL 2012, La Urgencia Del Programa

viernes, 25 de febrero de 2011

EN MEMORIA DE RICARDO ZULOAGA

Antonio Sánchez García

            Venezuela ha perdido en la tarde de hoy a uno de sus mejores, más notables y más destacados hijos: Ricardo Zuloaga. Hombre de empresa en lo más cabal del término, hijo homónimo de uno de los más vigorosos y adelantados emprendedores de la modernidad venezolana, vinculado a La Electricidad de Caracas y a su través a la ingente obra de electrificación del país, Ricardo Zuloaga supo unir a su profundo amor por el país, a su curiosidad intelectual y política inagotables, a su obra benéfica y al empuje con que emprendiera el desarrollo de la cultura y las ciencias económicas una honda preocupación por el destino de Venezuela, el bienestar de sus hijos y el progreso de una Nación a la que entregó sus mejores esfuerzos.

            Quienes tuvimos el honor de conocerlo, de compartir actividades públicas y de disfrutar de su generosa amistad pudimos apreciarlo en toda su grandeza. Ricardo Zuloaga no cesó ni un minuto de su vida y hasta su último aliento en atender con honda preocupación los ingentes problemas de nuestra Patria y abrigar las mejores esperanzas por la resolución de la grave crisis que hoy vivimos. A pesar de sus 92 años mantenía una actividad infatigable y acicateaba nuestras preocupaciones con el ardor de un joven compañero y la lucidez del experimentado maestro.

            Ricardo Zuloaga ha sido un faro de sabiduría en el difícil sendero por el que transitamos. Supo recibir con los brazos abiertos a quienes llegaban a nuestro país asediados por la crisis que azotaba a los países del Sur. Y tuvo la dicha de ver estabilizarse, prosperar y desarrollarse alguno de ellos gracias a la obra de quienes fueran protegidos y formados por él. Gracias a su entusiasta y generosa colaboración vieron la luz grandes instituciones de nuestra vida empresarial, intelectual y ciudadana, como CEDICE, el IESA, la Universidad Metropolitana. Entre muchas otras obras.

            Debió sortear la adversidad que hoy sufrimos todos con estoicismo, caballerosidad y entereza. Jamás dejó de respaldar y proteger con amor paterno a quienes colaboraban con él en sus empresas. Jamás mostró un signo de debilidad o derrotismo. Y emprendió obras de beneficencia en la mayor discreción. Nos hemos enorgullecido de su amistad, su comprensión, su respaldo. Se nos va con él un hombre ejemplar, un amigo inolvidable, un maestro.

    Que en paz descanse.

jueves, 30 de diciembre de 2010

SER O NO SER DE UNA DICTADURA (LOS IDUS DE DICIEMBRE)

Antonio Sánchez García
 
A Teodoro Petkoff

“Si a la mera abolición de la separación de los poderes se la llama ya dictadura, la cuestión hay que responderla afirmativamente”

Carl Schmitt, La Dictadura [1]

1
            Leyendo una reciente entrevista publicada en El Mundo, de Caracas, al editor y político venezolano Teodoro Petkoff, me he vuelto a preguntar por las circunstancias, características y condiciones que permiten aseverar que un régimen político determinado sea – o no sea - una dictadura. ¿Cuándo, cómo y por qué una democracia se convierte en una dictadura? Y así suene contradictorio, ¿cuándo se puede afirmar, como lo afirma, Petkoff, que una dictadura “todavía no es una dictadura”? ¿Puede afirmarse, como pareciera colegirse de su afirmación, que ésta, la de Chávez, es una “cuasi dictadura”?

            Una primera dificultad hace difícil caracterizar a primera vista a una dictadura como tal: el empeño del dictador en negar que él y su régimen sean dictatoriales. Más aún: el esfuerzo, así sea estrictamente nominativo, por caracterizar a las peores y más represivas dictaduras como democracias ejemplares, de un tipo distinto y superior, por ejemplo: directas o populares. Ni la Unión Soviética, la primera y más feroz de las dictaduras del siglo XX, ni ninguno de sus satélites, todos paradigmáticas dictaduras, se confesaron dictatoriales. Se trataba, según su bautismo inaugural, de “democracias populares”. Así, la Alemania gobernada por el Partido Comunista y su Secretario General Walter Ulbricht  recibió el pomposo título de República Democrática Alemana,
Deutsche Demokratische Republik, DDR. Corea del Norte, Polonia, Rumania, Checoslovaquia, China y Vietnam fueron todas “repúblicas democráticas y populares”. Por cierto: ninguna de las democracias occidentales se autoproclamaba entretanto nominalmente como “democráticas”. Eran y continúan siendo repúblicas. Sin adjetivos. Vale decir: democracias.

            Fenomenológicamente considerado, una sociedad está regida por una dictadura cuando el estado que la gobierna está en manos de un solo hombre, que a través de su exclusiva voluntad “dicta” qué, cómo y cuando ha de hacerse lo que él decide que se haga. De acuerdo a sus “dictados”. Sin oposición en contrario de las instituciones que controla. El que dicta, bajo estas circunstancias, es el clásico dictador. Lo dictado, es su dictadura. Visto en profundidad, ese simple hecho se traduce en la anulación de la separación de los poderes y su concentración en la omnímoda voluntad del dictador. Según Carl Schmit, razón suficiente para dictaminar la existencia de una dictadura. Visto dialéctica, históricamente, esa dictadura y ese dictador tienden a anular toda voluntad contraria y/o alternativa, aplastar todo vestigio de oposición y lograr el desiderátum de su esencia: el dominio total y unidimensional de todos los factores y actores sociales. Es cuando la dictadura alcanza su máximo esplendor: el totalitarismo. Estado total, sociedad civil, cero. Pero entendámonos: una dictadura no requiere ser totalitaria para ser ya una dictadura. Lo es cuando todas las instituciones del Estado están bajo el omnímodo control de una sola voluntad. Sin contrapesos ni alternativas. Todo parecido con la realidad no es simple coincidencia.

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La segunda gran dificultad para lograr consenso en cuanto a la caracterización de las dictaduras es, precisamente, su carácter histórico. El problema no se plantea cuando una dictadura se establece súbita y categóricamente: mediante una acción combinada de fuerzas que culminan en un golpe de Estado, un grupo, una fuerza o un individuo se apoderan de todos los instrumentos del Estado y anulan la existencia autónoma de los otros poderes. Sometiendo por ese simple acto de fuerza a la sociedad en su conjunto a los dictados de ese grupo, esa fuerza o ese hombre. Cualquiera sea la razón – una crisis profunda del sistema de dominación, una catástrofe de orden público, político o natural, o cualquiera combinación de ellas – que conduce a la necesidad extrema de suspender el orden constitucional precedente y asumir violentamente un nuevo orden de hecho y de derecho.

En la tipología de las dictaduras se pueden considerar, a grandes rasgos,
dos grandes tipos de motivaciones dictatoriales: la necesidad de resolver una crisis severa que amenaza con la disolución de una comunidad política dada por motivos de conmoción interna o externa – la Nación bajo el riesgo de su disolución por causas de conmoción nacional o internacional – que conduce a que un factor determinante proponga la necesidad de suspender la institucionalidad en peligro y establecer una dictadura. Es como surge y se institucionaliza la figura del
Dictator y de la dictadura en los albores de la República romana. Se la ha llamado “comisarial”, pues el dictador nombrado para ejercer el mando absoluto ha sido delegado por una institución del Estado, en el caso romano por el Senado, para restablecer la seguridad y el orden públicos y llegar a su fin una vez logrado ambos propósitos.

Tal tradición encuentra innumerables ejemplos. Considerada la inexistencia de las democracias como formas de gobierno y la existencia de principados y tiranías en toda la tradición previa a la Revolución francesa, la caída de las monarquías y el establecimiento de las democracias modernas. Es cuando surge el Estado moderno, la existencia y definición de los distintos poderes y la preponderancia de la soberanía popular a través del voto y el gobierno de las mayorías. Con sus formas parlamentarias o presidencialistas de gobierno.

En entonces que surge la segunda forma de dictadura, llamada “soberana” o “constituyente”. No pretende, como la comisarial, resolver una crisis inmanente al sistema, restablecer el orden y disolverse una vez alcanzados sus propósitos – clásico el ejemplo de Lucio Quincio Cincinato, (519 a. C.-439 a. C. - , como la clásica dictadura romana, sino acabar de raíz con el orden socio político y económico imperante y establecer un nuevo orden unidimensional y totalitario, siguiendo un proyecto estratégico. En tanto su objetivo es la implantación de una sociedad pretendidamente perfecta, debe hacer tabula rasa de toda la institucionalidad, la cultura y el orden imperantes, aniquilar toda forma de oposición, arrasar toda la institucionalidad y someter absoluta y totalmente al individuo para crear en su lugar una sociedad de mutantes: la nueva sociedad y el hombre nuevo.

3

No ha habido país de América Latina que no haya sufrido en algún momento de su historia una dictadura “comisarial”. Con o sin otro objetivo que el Poder por el Poder para el caudillo o el capataz civil o uniformado que se alza con el cuadro. Las últimas las sufrieron los países del Cono Sur con las dictaduras militares, empeñadas en impedir el triunfo de opciones políticas que amenazaban la estabilidad del sistema tras fórmulas que pretendían implantar la única dictadura soberana o constituyente de que se tenga memoria en la región: la dictadura castrista que tras aniquilar el régimen capitalista imperante, destronar al dictador militar y rechazar la opción de protagonizar una revolución democrática que el pueblo demandaba, impuso el comunismo y la tiranía de partido único en Cuba. Que su objetivo era trascendente al sistema democrático lo demuestra su aterradora longevidad. No era una dictadura transitoria, como la derrocada, sino una dictadura que llegaba para quedarse. Destruyendo todas las tradiciones democráticas y pretendiendo la instauración de la utopía comunista. Los resultados están a la vista: después de cincuenta años de dominio total y absoluto, Raúl Castro clama a gritos por la superación de sus más cruentos y deleznables errores. Sin que lo desee confesar: el sistema comunista mismo. ¿Comienza a retrotraerse la dictadura constituyente del Partido Comunista cubano hacia una dictadura comisarial en tránsito hacia la democracia?

Venezuela vive el clásico estado de excepción extrema: el régimen es objetivamente dictatorial – si se atiende a la caracterización de Carl Schmitt, aceptada universalmente, y a los hechos que todos conocemos y sufrimos – y se encuentra en un estado intermedio hacia el totalitarismo. Vivimos la lucha a muerte entre dictadura totalitaria – que el régimen se empeña en institucionalizar mediante los últimos expedientes y decretos de diciembre – y democracia representativa. Es, si queremos utilizar otra categoría schmittiana que se soporta en una instancia instaurada por el Senado romano, una “cuasi dictadura”: ”La ‘cuasidictadura’ introducida por el senadoconsulto ultimum es un sustitutivo de la dictadura más antigua, que se había hecho inservible. Surgió como un medio en la lucha contra los adversarios políticos internos.” [2]

Pues queda claro, e imaginamos que Teodoro Petkoff no necesitará más demostraciones epistemológicas o jurídicas, que Chávez, el dictador de facto, depende para su sobrevivencia de la aniquilación de sus enemigos internos. Una incómoda mayoría de un 80% de demócratas – entre chavistas y antichavistas, que no parecen dispuestos a permitirle un día más de gestión más allá de los que le acuerda la Constitución vigente. En todo caso, y mientras los teólogos de la política deciden acerca de la naturaleza categorial del régimen imperante, sería sano y recomendable impedir la consumación del tránsito pleno al totalitarismo. Y sacar del juego, cuanto antes y mediante los mecanismos que una sabia Constitución establece y garantiza, a quien se alza como el supremo dictador de una república que, si lo dejamos hacer, más temprano que tarde le agregará a su cognomento oficial de bolivariana, el adjetivo de “democrática”. Señal inequívoca de que en nuestra Patria habrá desaparecido la libertad.

[1] La dictadura, Carl Schmitt, Alianza Editorial, 2007, Págs. 178-179.-
[2] Ibídem, pág. 266.-

miércoles, 24 de noviembre de 2010

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