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jueves, 5 de mayo de 2016

NO SOMOS TRAIDORES...


No somos traidores



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Somos muchos los que por diferentes motivos un día decidimos dejar nuestra casa, familia, amigos y amores para irnos a otra tierra a empezar de nuevo. Sin ventajas, sin enchufes, sin apoyo, sólo con la maleta llena de trapos inadecuados para el invierno, ilusiones, un título enrolladito (que sigue enrolladito y sin homologar) un paquete de Toronto y una lata de pirulín para aguantar hasta que el primer valiente se uniera o viniera a visitarnos. Un bolsillo lleno del  dinero reunido durante el proceso de indecisión,  y por si acaso con las groserías bien aprendidas en todos los idiomas posibles, para por lo menos saber cuándo nos estaban insultando.

Muchos quisimos tirar la toalla más de una vez y mandar a donde se merecía al ignorante de turno,  agarrar el primer avión cuando no teníamos cerca a nadie que nos hiciera un caldo para pasar la gripe. Muchos gastamos todo lo que nos sobraba del sueldo en tarjetas, facturas, cibercafés, estampillas, y cuanto medio nos permitiera seguir en contacto con los que se quedaron en casa o con los otros que estaban desparramados por el mundo. Muchos tuvimos que autocantarnos cumpleaños, cenar solos en Navidad, trabajar en Año Nuevo para que el trago fuera menos amargo. Muchos nos perdimos los momentos importantes en la vida de nuestros seres queridos, no sólo la cotidianidad, sino esos memorables. Somos los eternos ausentes en las bodas, nacimientos, graduaciones, incluso de los funerales. Nos hemos convertido en facebooktwitterskypewhatsappviberfacetimedependientes, y eso después de haber superado la era de la icqmessengerpostalelectrónicafaxdependencia.

Hemos hecho nuevos amigos, formado una familia o hemos sido adoptados por la de otros. Nos hemos acostumbrado al frío, al trasporte público porque por estos lares nadie da la cola, a caminar sin aferrar la cartera como si se tratara de la vida, a usar los hospitales públicos, a no dejar la luz encendida, a abrir las ventanas antes que encender el aire acondicionado, a dejar las frutas tropicales para los momentos especiales y atiborrarnos de fresas grandotas que sólo comíamos en la Colonia Tovar. Hemos aprendido a cruzar por donde se debe, conducir como se debe, bajar y subir donde se debe, a sentarnos en el autobús o ir apretados pero nunca colgando en la puerta, al silencio, a los parques con los columpios puestos, a la basura en las basureros, a la radio maaaaaaala y sin humor, al acento de Los Simpson, a cargar muchas moneditas en el bolsillo y reírnos solos pensando que rompimos el cochinito. Hemos aprendido a explicar a un carnicero cuál es el pedazo de carne que queremos para hacernos una carne mechada, y a que nos mire raro si le encargamos un pernil. Hemos llorado amargamente cuando al caminar por una calle lejana un artista callejero toca “Moliendo café”. Hemos sido hormiguitas ahorradoras para organizarnos una vacaciones en nuestra casa.

Nosotros no somos millonarios porque ganemos en dólares, euros o libras, no somos extranjeros porque tengamos doble nacionalidad, no somos sudacas, ni canarios.   Somos un montón de gente que le ha echado pichón, tanto como en nuestro propio país, pero con las oportunidades que allí no nos deparaban estos catorce años. Nosotros somos testigos del cambio porque para poder ver la totalidad de las cosas, hay que tomar distancia. Somos unos nostálgicos permanentes que añoramos el lugar donde nacimos y crecimos, pero ese, incluso como era cuando nos fuimos, no el que ya no reconocemos.

Nosotros criticamos al gobierno de nuestro país, pero también al del que nos acoge. Nos quejamos de lo que va mal allí y aquí. Buscamos soluciones para los dos lados, queremos mejoras en los dos lados porque tenemos derecho a ellas. En el primero porque aunque estemos lejos nunca hemos dejado de ser venezolanos, y en el segundo porque somos ciudadanos pagadores de impuestos y eso nos da derecho a exigir.  Nosotros somos los que con las tripas revueltas le reclamamos a los que ni siquiera saben cómo se hace un papelón con limón que ponga de ejemplo lo indefendible. Sí, porque por aquí abundan los que ponen a Venezuela como modelo de no sé qué, pero ni a palo se desprenden de sus beneficios y se van con sus macundales a vivir todo aquello de lo que nosotros salimos huyendo.

Nosotros somos esos con amigos en todo el mundo que siempre tenemos visita en casa, que cargamos y pedimos encargos, esos mismos que sufrimos paranoias nocturnas preguntándonos si nuestros seres queridos están en casa sanos y salvos, que aunque estemos pasando el peor trago de nuestras vidas siempre le decimos a nuestras madres que “estamos finos”. Nosotros somos los que hacemos reír a nuestros nuevos amigos, los que les decimos que tienen que conocer el mejor país del mundo, pero que no vayan solos. Nosotros somos los que dejamos “el pelero”, sí, es verdad, pero somos venezolanos, amamos a nuestra patria, la extrañamos y siempre pensamos que aunque sea viejitos vamos a regresar.  Nosotros somos los que aguantamos el chaparrón  solos y desde lejos, nos fuimos y merecemos el mismo respeto que los que se quedaron, pero mucho cuidado, no se equivoquen,  estamos lejos pero no somos traidores!!!

martes, 12 de febrero de 2013

Diez años fuera de Venezuela

Gustavo Coronel

El tiempo pasa rápido. Hace diez años mi esposa y yo salímos de Venezuela con nuestros macundales. Dejamos atrás, por no poder traerla, mi biblioteca con unos 2000 volúmenes, algunos de ellos valiosos. Dejamos la cama matrimonial, demasiado grande para que cupiese en lo que sería nuestro nuevo hogar. Dejamos unos 600 árboles frutales que habíamos plantado y visto crecer, además de unos 30 árboles ornamentales que espero estén grandes ya, dando sombra y deleite estético a quienes ahora viven allí. Tuvimos que darle una última mirada al curarí que habíamos encontrado al llegar, uno que florece cada año por tres o cuatro días gloriosos. Y al riachuelo lleno de peces y pequeñas babas, donde los vecinos del lugar llegaban a pescar los fines de semana sin molestarnos.

Dejamos una manera de vivir, en una zona sub-urbana cercana a Valencia, un tanto primitiva, pero donde co-existimos con mucho de lo mejor que da Venezuela y hasta con algo de lo peor. La aldea de Barrera cercana estaba llena de gente buena pero no tenía un cine o una biblioteca municipal. Eso sí, tenía unos diez botiquines. También una pequeña iglesia donde daba misa un cura itinerante. Durante la entrada de lluvia los mangos de la aldea cubrían las calles por centenares o miles sin que nadie, apenas los canes, se preocupara de comerlos. El olor de aquella mangamentazón madura era avasallante. Traté de comenzar una “Feria Internacional del Mango”, que nunca arrancó porque los moradores opinaban que eso le correspondía al gobierno. En vano les comentaba que no era así en Washington DC, cuando florecían los cerezos, que en eso el gobierno no tenía nada que ver, como no fuera cobrar los jugosos impuestos derivados de un espectáculo que llevaba millones de personas a la ciudad año trás año. Los aldeanos no concebían que fueran ellos, sin la intervención del Estado, los que comenzaran la feria.

Digo que co-existimos con lo mejor porque mucha aquella gente de Barrera y de Sabana del Medio era la sal de la tierra. Y debe serla todavía. Pero también había ladrones, asesinos e invasores. Había una banda en Barrera Norte, exterminada un dia por la policía de Carabobo, que tenía varios asesinatos en su prontuario y muchos atracos. Nunca nos atracaron a nosotros porque seguramente confundieron mi apellido Coronel con un militar armado hasta los dientes. En realidad, nunca tuve un arma y las cercas de nuestra casa eran más porosas que la frontera con Colombia. De madrugada tuve que levantarme más de una vez para ahuyentar un vaca que nos comía las rosas y las cayenas. Ello continuó hasta que le dije al dueño que, en represalia, me comería la vaca. Estaba bien sabrosa aquella vaca, con sabor a rosas.

Teníamos vecinos muy buenos pero existían también los pequeños conflictos derivados de la vida un tanto primitiva que llevábamos. Por varios años fuí presidente de la Asociación de Parceleros, no tanto porque daba un paso adelante sino porque todos los demás daban un paso atrás, lo cual un petrolero como yo jamás haría. Uno de los mayores era el del agua. Teníamos un grupo de pozos y un sistema bastante frágil de distribución. Algunos vecinos creativos instalaban llaves de paso, a fin de aumentar su caudal a expensas de otros más abajo en la cadena. Ello causó conflictos más o menos candentes que requerían toda nuestra habilidad diplomática.

En la mañana salía temprano de la casa, hacia Valencia o Puerto Cabello, dos de los sitios donde trabajé durante mis años de “country squire”. En la autopista que llevaba a Valencia se hacían fuertes colas después de cierta hora. Pasaba por la cárcel de Tocuyito, ya bastante macabra, aun mucho antes de que cayese en manos de Iris Varela. Por un tiempo trabajé en la gobernación del estado Carabobo, en la excelente casa de gobierno, originalmente un convento, bellamente restaurada con la asistencia del arquitecto Franz Rizquez Clemente, hijo de Rizquez Iribarren y Oly Clemente y mantenida por el gobierno regional. Tenía un bellísimo sistema de aire acondicionado con tubos de bronce a la vista pero la altura de los techos no le permitía mucha eficiencia. En esa posición tuve experiencias muy interesantes trabajando con los alcaldes y tratando de mejorar, con éxito modesto, sus sistemas de planificación y presupuesto.

El alcalde venezolano es un presidente de la república en pequeño. Sus prioridades van dirigidas hacia las realizaciones que le den votos. Recuerdo mi visita a uno de ellos, quien se había lanzado a construír un estadio para 20.000 personas en un municipio que a duras penas tendría esa población. Cuando le pregunté acerca de las cloacas que estaban por hacer, me dijo, con una pícara sonrisa: “Esas no se ven, Dr.”.

También viajé mucho a Puerto Cabello, donde tuve la interesante expriencia de ser presidente del Puerto, cuando este estaba bajo la gerencia regional. Este Puerto tenía unos 3000 trabajadores y reposeros cuando lo tomó el gobierno de Carabobo. Mediante un estrategia de tercerización se redujo la nómina a poco más de 200. El Puerto era una mina de oro para el Estado Carabobo. El día que me nombraron presidente retorné a casa y en la entrada del parcelamiento me esperaba un señor. Me dijo: “Felicitaciones por su nombramiento, vecino. Soy el gerente del banco TAL. Quisiera que usted ordenara que los depósitos del Puerto se hicieran con nuestro banco”. Y agregó, con toda naturalidad: “Yo le traería el cheque de su comisión a su casa todos los meses”.

Llegué a casa estupefacto. Era la primera vez (no, la segunda, pero ese es otro cuento) en mi vida que me hacían una proposición así. Al día siguiente llegué a la oficina y llamé al Gerente de Finanzas y le pregunté como se hacían los depósitos en los bancos y me dijo: “los haremos donde usted nos diga”. En la siguiente reunión de junta directiva propuse que lo depósitos fueran hechos en base a una selección del banco o bancos que diesen las mejores condiciones al puerto, a ser hecha por tres funcionarios: el Gerente de Finanzas, el Presidente del Puerto y un Director Externo (a fin de que pudiese ser más independiente).

Cuando mi descapitalización era inminente hablé con el jóven Gobernador, recién re-elegido, y le dije que debía renunciar. Ganaba menos de la mitad de mis gastos, me estaba comiendo mis ahorros. Me tuve que ir a Margarita, a manejar un hotel pero con un ingreso en dólares, además de que allí pude vivir y comer gratis. Por dos años lo hice, ahorrando lo suficiente para dar el salto que me trajo a USA, donde ya he cumplido diez años. Creo que esa es mi edad porque si me hubiera quedado en Venezuela ya estuviera muerto y enterrado.

La experiencia de Margarita fue extraordinaria, la más compleja que me ha tocado vivir como gerente. Encontré el hotel en manos de una empresa extranjera que lo estaba desangrando. Sin saber nada de hotelería comprendí que lo primero que debíamos hacer era despedir a esa gente. Así lo hicimos, nos demandaron y, al final, fuímos condenados a pagarle a la tal empresa lo que nosotros ya le habíamos ofrecido pagar antes de ser demandados. Gracias a un extraordinario gerente que me acompañó durante ese tiempo pudimos sanear mucha de la deuda y mantener el hotel como uno de los mejores de la isla. Algun dia les echaré ese cuento.

Diez años han pasado muy rápido. Hemos sido muy felices en este país de USA. Ello se debe a que hemos encontrado lo que andábamos buscando: orden, limpieza, disciplina social, espíritu comunitario, un tratamiento cordial de nuestros semejantes, seguridad, buenos servicios públicos, deliciosos vegetales y frutas. He tenido la suerte de recibir algunos ingresos adicionales mediante trabajos de diversa naturaleza (todos genuinos, porsia), porque en USA hasta los cuasi-octogenarios pueden conseguir algun trabajo. Y ello nos ha permitido extender la vida de nuestros modestos ahorros y hemos encontrado la manera de vivir decorosamente, en una clase media-media totalmente satisfactoria.

Aquí se encuentra harina pan, hay de todo para hacer hallacas. Nuestra nostalgia es muy manejable y es, realmente, la que sienten todos los venezolanos de bien, no importa donde estemos. No es una nostalgia por no estar en Venezuela. Es una nostalgia por haber perdido a la Venezuela que tuvimos. Y esa nostalgia es común a quienes viven fuera y dentro de la que existe hoy.

Parafraseando al Libertador en su carta a un amigo, casi podríamos decir : “me pregunta usted por Caracas. Caracas ya no existe…”.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

EXPORTADORES DE PETRÓLEO GRIS




Rafael Gallegos

Venezuela se está convirtiendo en un país de viejos. La pirámide poblacional se estrecha  por abajo. Nuestros jóvenes  están desapareciendo del paisaje geográfico a una velocidad preocupante. Los más pobres (estadísticamente),  eliminados por la ola  de violencia que nos azota. La mayoría de los asesinados en Caracas y las grandes ciudades, son de bajos recursos y menores de 25 años. Y los pertenecientes a la desvencijada clase media, se están yendo para el extranjero ante la falta de oportunidades y desesperanza de esta época de “revolución”. El envejecimiento poblacional no es nuevo. Ocurrió, por ejemplo, en el Uruguay de los setenta, donde los muchachos emigraron por la represión de Bordaberry y la caída de las expectativas económicas. Ocurrió también en la desolada Europa de post guerra, cuando la juventud se vio precisada a  abandonar a sus padres y a su patria, buscando  un futuro digno. La “revolución” venezolana, a sus  lamentables records de inflación, decrecimiento, expropiaciones seguidas de hambre, quiebra de empresas, licuefacción de poderes y rompimiento del alma nacional, tendrá que agregar este de envejecimiento poblacional. Anota Guinness. Y  sin guerra, ni dictadura oficial… para más INRI.

Cualquiera de nosotros que ojee entre sus amistades puede corroborar lo planteado. Víctimas de la violencia, o muchachos emigrantes. Promociones completas de Medicina de las universidades tradicionales, se van a España, resto de Europa o a Argentina, donde ganan salarios decentes y se pueden desarrollar profesionalmente, contrario a los indignos sueldos que les ofrecen a los doctores venezolanos, luego de más de diez años de estudio.  Mientras tanto el gobierno forma miles de médicos con la receta cubana. Como ciudadano, le exijo al Colegio Médico, que compare ambas formaciones, concluya al respecto  y publique los resultados, para que el pueblo sepa a que atenerse. Lo cierto es que gracias a tanto desaguisado de esta “revolución”, las universidades  venezolanas están gastando un dineral  para regalarle médicos a países más ricos que el nuestro. Y no sólo médicos. Ingenieros, contadores, administradores, economistas, enfermeras, técnicos. Juventud… futuro. Puro talento que engrosa las filas de generadores  de calidad  de vida… en Australia, Canadá, Europa, México, países suramericanos. Hasta en el mismísimo corazón del imperio. Gracias Presidente Chávez… y que dice  Obama todos los días en sus oraciones. Y gratis. Asistimos a la desprofesionalización de Venezuela. Nada nuevo bajo el nublado sol del comunismo. A los totalitarismos no les conviene desarrollar los cerebros porque cuando piensan… se vuelven “escuálidos”. Llenos de desfachatez, los “revolucionarios” hablan pestes de la “oprobiosa” cuarta república, olvidando que en esos días los extranjeros hacían cola para vivir en Venezuela y al venezolano ni se le ocurría emigrar.

EL COLOR DEL PETRÓLEO

El marasmo y la flacidez de nuestra industria petrolera, ha devenido en que perdamos el primer lugar como productores petróleo negro  en América del Sur, y ya Colombia con técnicos venezolanos execrados de Venezuela, puja por quitarnos en el mediano plazo el segundo lugar. Desde la guayana exportamos sin orden ni concierto petróleo azul (coltán), para la electrónica de las transnacionales. Y ahora exportamos  la materia gris de nuestros jóvenes, o sea… el petróleo gris. Hay que tomar conciencia de la gravedad de este hecho. En el  petróleo gris, se va el futuro de Venezuela. ¿Nos jactaremos de ser miembros de alguna vergonzosa OPEP gris?

Si a ver vamos, salir de los jóvenes brillantes va en línea con los lineamientos estratégicos de crear marasmo, para comerte mejor. Como el lobo de la caperucita en la fantasía y los Castro, en la vida real del pueblo cubano, desde hace cincuenta años.

En esta Navidad, muchos padres tendrán los hijos en el extranjero como consecuencia de la emigración “revolucionaria”, otros lamentablemente en el cementerio, por tanta violencia. Y eso sin contar a los que tienen a sus hijos… o a sus padres, presos o exiliados. O a los nuevos desempleados, por las violentas expropiaciones a los valientes hacendados del Sur del Lago y en toda Venezuela. Verdaderos damnificados de la desfachatez “revolucionaria”. Tristes navidades… por tanta autocracia.

El mejor regalo que podemos darnos los venezolanos, es ponernos los pantalones para luchar asertivamente por nuestros derechos. Y a los jóvenes no les está de más recordar que si Simón Bolívar hubiera emigrado, todavía estaríamos en manos de los españoles. Hay que abandonar la nostalgia y con valentía, luchar por el futuro. Un futuro próspero, igualitario, democrático y alternativo. Feliz navidad para todos. A pesar de los pesares… la esperanza es nuestra.  

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