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viernes, 26 de junio de 2020

Reflexiones sobre la Academia y los Académicos




Por: Académico.  Ing. Ignacio L. Iribarren

Las ‘academias de ciencias’ comenzaron a aparecer en Europa desde el siglo XVI y con mayor intensidad e importancia proliferaron durante los siglos XVII y XVIII por casi todos los países del continente. Coincide con el arranque y la culminación de la Revolución Científica o, lo que es casi lo mismo, con el principio y el apogeo del movimiento racionalista en Occidente. Casos paradigmáticos son la Royal Society (1645) en Londres y la Académie des Sciences (1666) en París. Es significativo que ambas se iniciaron en forma de reuniones periódicas totalmente informales de científicos y pensadores de variado calibre movidos por el interés común de discutir teorías y experiencias científicas. La embrionaria Royal Society se reunía en una taberna londinense y su contraparte en Francia en una biblioteca. Se trataban pues de lo que llamaríamos hoy una ‘peña’ y, cuando en 1662 la una y en 1699 la otra, fueron elevadas al rango oficial de instituciones nacionales —adquiriendo con ello sus nombres—, puede decirse sencillamente que alcanzaron la categoría de ‘clubs’ : Su condición original de agrupación de hombres con inquietudes afines que compartir quedó intacta; la nueva jerarquía lo que hacía era reconocer que tales inquietudes tenían importancia para la sociedad y para el avance del conocimiento, de modo que la ‘institucionalización’ sólo agregaba a la ‘peña’ la gentil invitación a fomentar y a promover la Ciencia —léase: el pensamiento de los integrantes.
La jerarquía de ‘club’ a la cual accedieron las academias institucionalizadas merece destacarse. A diferencia de la ‘peña’, que supone una flexible tolerancia de participación con requisitos no bien definidos, el ‘club’ establece una condición categórica para la membresía, a saber, la aceptación expresa de sus miembros. Los Estatutos de la Royal Society establecen en detalle el proceso de elección: el candidato debe ser propuesto por un miembro y secundado por otro, pero no dicen una palabra sobre los méritos o cualidades que los aspirantes deban reunir, sólo se exigen requisitos de nacionalidad y de domicilio, y el compromiso de pagar las cuotas de membresía.
Como se trata de una elección, se presume que la ponderación de los méritos queda a juicio de los votantes. Como centros de conocimiento, las academias fueron cobrando enorme prestigio y con ello se diferenciaron de otros ‘clubs’ dedicados a fines más prosaicos. Las academias exitosas se convirtieron en ‘panteones’ de ‘sabios’ vivos, en la encarnación de la élite intelectual de la nación, en cónclaves de la máxima autoridad de criterio.
¿Qué debe hacer una Academia? Nada. Ella existe; es un monumento’; es un ‘depósito de sabiduría’; en el fondo no está obligada a hacer nada ni a rendir cuentas a nadie; hace en definitiva lo que a sus miembros les dé la gana.
Adoptemos un punto de vista más realista. Si una Academia no tiene efecto alguno sobre la sociedad —evito deliberadamente la expresión ‘no produce algo’, pues se trata más bien de presencia que de ‘producción’—, entonces sufrirá un proceso de fosilización y, aunque no desaparezca formalmente, se convertirá en algo así como un baúl de libros viejos carentes de interés. Para mantenerse ‘viva’ o, si se quiere, ‘importante’ una Academia tiene que hacerse sentir por la sociedad. Esta es una calle de doble vía, un fenómeno de ‘acción y reacción’: la Academia importa si, y sólo si, su criterio interesa a la sociedad y a sus instituciones. Una sociedad civilizada se interesará por el criterio de una Academia constituida por ‘sabios’ (entraré en lo de ‘sabios’ más adelante), y los ‘sabios’ procurarán llamar la atención de la sociedad sobre sus percepciones, sus juicios y sus pronósticos.
El cómo hacerse sentir es un tema extenso y complejo que las academias han abordado de mil maneras en los diferentes países, desde sentarse allí e irradiar sabiduría, hasta disponer de cuantiosos recursos para financiar investigaciones y dirigir, como una suerte de senado, una constelación de institutos de investigación. En el fondo sin embargo, la proyección de una Academia va a depender decisivamente del prestigio de sus miembros, no sólo en sus disciplinas respectivas, sino también —y acaso más— de su cultura, integridad, sindéresis, mundanidad, y de la amplitud de su trayectoria.
Si bien en el siglo XVII las academias de ciencias eran sociedades de vanguardia —fueron hijas de la revolución científica—, hace mucho que ya no lo son y es conveniente que no lo sean; ese papel ya no les corresponde —con el debido respeto y distancia, piénsese en los orígenes del Cristianismo y en la Iglesia actual—. Las academias son hoy instituciones conservadoras a las cuales toca examinar con cautela las corrientes novedosas. Para ello es preciso que estén muy al día en lo que ocurre con las ciencias y mantengan cercana relación con las universidades, institutos y sociedades científicas, donde fluyen las ‘modas’ y donde vale equivocarse. Es muy afortunado que siempre unos cuantos académicos conservan un pié en ambos terrenos; es la forma más eficaz para que la Academia tenga un palco sobre la vanguardia; e igualmente feliz es la existencia de académicos quienes, por edad, se han distanciado de la vanguardia, de modo que su perspectiva más serena logra el contrapeso necesario para un juicio equilibrado.
En función de estas pinceladas acerca de la historia y la naturaleza de las academias, intentemos esbozar las características que, idealmente, debería poseer un miembro de una Academia de Ciencias. Hasta el siglo XIX esto podía tener una respuesta fácil y breve: el proverbial ‘sabio’, el ‘savant’ francés; vale decir, un hombre que abarcaba la totalidad del conocimiento científico de su tiempo —con lo cual era inevitable que poseyera también una respetable cultura humanística.
Bien sabemos que ese personaje ya no existe desde hace mucho. Ni siquiera es posible que un hombre de hoy abarque todo el conocimiento de una sola disciplina. ¿Cuál puede ser entonces la versión contemporánea del ‘sabio’ de antaño? ¿Cuál será la nueva encarnación que haga sus veces en una Academia de Ciencias al inicio del siglo XXI? Voy a intentar mi propia interpretación. Me hago cargo de que es tema que se presta a discusión y, sobre todo, a discrepancias sobre la ponderación que deba concederse a los diversos atributos. Pienso, sin embargo, que la forma de conciliar las diferencias al respecto puede inspirarse en el principio de que este conjunto de cualidades admite una fascinante variedad en cuanto a la composición y ‘dosis’ que adornan a cada Individuo.
Una condición indispensable desde luego es que el académico haya acumulado méritos científicos durante su vida, que posea una trayectoria destacada en su especialidad. Pero debe haber trascendido el especialismo, tiene que ser una persona que está de regreso de los menudos tecnicismos de su disciplina y que ha adquirido una visión de conjunto sobre la Ciencia y sobre muchas otras cosas. Debe ser una persona culta en el más amplio sentido de la palabra; una persona de criterio y con algún conocimiento del mundo; que sepa comunicarse y desenvolverse bien fuera de la estrecha compañía de sus colegas de especialidad.
Ha de ser una persona, en suma y como lo expresaba Ortega, a la altura de su tiempo. Estos criterios excluyen de la Academia un par de especímenes extremos: (1) el profesional cuya única credencial consiste en un señalado éxito en el ejercicio de su profesión; entre otras cosas debido a que ‘ése no está de regreso porque nunca estuvo’ en la Ciencia; y (2) el investigador cuyo único haber es una impresionante lista de publicaciones en el angosto embudo de su especialidad, pues éste ‘no ha regresado’ aún.
Es importante calibrar los méritos científicos con suficiente flexibilidad, pues conviene que abarquen un amplio espectro para el enriquecimiento de la Academia. El punto esencial es que un candidato se haya proyectado en el ambiente científico. Puede ser por la importancia de sus investigaciones, por la calidad y extensión de su carrera docente, por su experiencia en la creación y dirección de instituciones donde se practica la Ciencia, por su obra científica publicada, por su servicio a la sociedad en materia científica —como, por ejemplo, la erradicación de una peste— y, las más veces, por una combinación de estos atributos en diferentes proporciones.
Sumado a estos méritos en su actividad científica, es más que deseable que a un académico lo adornen otras cualidades personales que ya hemos mencionado: cultura, probidad, criterio, prestancia. Es imposible que cada miembro reúna en su persona todas las cualidades en su mayor grado. Es obvio que cada uno tendrá sus fortalezas y sus debilidades, y entre todos se complementan. Lo mismo ocurre con la variedad de sus especialidades científicas. Allí reside la riqueza humana de la Academia.
Aunque es legítimo aspirar a criterios objetivos, no es conveniente —acaso imposible— precisar demasiado las características de un candidato a la Academia. En primer lugar, porque algunos rasgos, quizás los más importantes, no son susceptibles de medición objetiva y, por otro lado, un empeño de precisión a toda costa enfatizaría inevitablemente, y por encima de otras características igualmente importantes, los méritos de más fácil cuantificación. Se impondría además una indeseable rigidez en la selección de candidatos que redundaría a la postre en un empobrecimiento de la corporación. Encuentro muy preferible atenerse al criterio, en buena parte subjetivo, claro que sí, de los miembros de la Academia. Para eso votan, ¿no es así?. Su criterio colectivo, expresión por excelencia de la corporación, para bien o para mal, es más representativo y confiable que consultar una tabla.

Por último, es necesario que los miembros crean en la importancia de la Academia, que estén dispuestos a trabajar por ella. Sería un ejercicio ocioso, un ‘panteón simbólico’, si la Academia comprende un conjunto de personajes eminentes y de méritos científicos admirables pero indiferentes a la institución. El ser miembro de la Academia, tal como se ha concebido y descrito, es ciertamente un honor inmenso, un reconocimiento excelso, pero debe entenderse como un honor obligante. Quien alcanza tan elevada investidura no puede considerar que su compromiso social ha terminado con otra condecoración, ahora se espera más que una contribución científica. De modo que la cualidad final y necesaria la constituye la devoción a la institución

sábado, 30 de junio de 2018

Humillar la academia...


http://www.primicia.com.ve/humillar-la-academia/



Publicado: Jueves 28 Junio de 2018 


Ese contraste entre riqueza académica, intelectual mientras apenas se sobrevive con poco más de 1 dólar, es inmoral, obsceno y ofende la dignidad de un profesional.

Mi esposa llega a la casa visiblemente consternada y entristecida. Me cuenta que en su universidad, en el Departamento de Matemática, a uno de los profesores lo encontraron en su sitio de trabajo medio desmayado. –Pero no quiso ser atendido. Se fue a dar su clase, me dice.

Al rato me comenta que por las redes sociales, en su grupo de contactos, informan que el profesor Pablo Pérez fue rescatado por sus estudiantes, quienes tuvieron que hacer una colecta y comprarle dos arepas con queso. –Estaba tan débil que no podía sostener la arepa para masticarla, -me dice. –Mientras estaba explicando un ejercicio, de repente se desvaneció y lo tuvieron que sostener y sentar para que se recostara en su escritorio.El profesor Pérez tiene que caminar 60 cuadras para llegar hasta la universidad. De ida son 30 cuadras e igual de regreso. Si tiene suerte, se monta en el autobús de los estudiantes y se queda cerca de donde vive, por barrio Unión, en Barquisimeto. Con todo y doctorado no tiene capacidad monetaria para mantener su vehículo, ni tampoco para comprarse ropa ni zapatos. Todo eso me lo comenta mientras su mirada se torna enrojecida y la rabia e impotencia se traducen en palabrotas y maldiciones contra el régimen.

   Pero aunque le escucho, la imagen de otro profesor todavía la tengo grabada en mi memoria. Saúl Moreno es su nombre. Tiene las mejillas hundidas y una barba de varios días. Los ojos vidriosos. Encorvado a pesar de no tener más de 45 años. De voz amable y muy solidario. Su vestimenta es precaria y toda su humanidad delata la miseria y el hambre que padece.

   Esta es la cruel y devastadora realidad del Alma Mater en Venezuela. La universidad venezolana está en la miseria y ruina. El reducto de dignidad que por años blandía con orgullo y virtud hoy está siendo mancillado, ejecutado de manera planificada por el régimen totalitario.

   Quienes persisten como mi esposa son más que docentes, apóstoles académicos que acuden al Alma Mater para encontrarse con no más de 4 o 6 bachilleres. Salones de clases que antes se mantenían con 35 o 42 estudiantes, no quedan sino sombras con pupitres vacíos. Es que el régimen, de hecho, los está excluyendo del sistema educativo.

   La universidad venezolana, republicana, autónoma, democrática y pública está siendo ocupada por el hambre, la marginalidad y la delincuencia. El promedio de sueldo de un docente-investigador apenas llega a 1,5 dólares al mes. Yo sobrepaso ese mísero pago por contar con otra entrada, la de mi pensión. Así, llego a más de 2,5 dólares. Junto con el sueldo de mi esposa, 2,5 dólares, con todo y su orgulloso doctorado, sobrepasamos los de muchos docentes.

   Pero para sobrevivir tenemos que ponernos a hacer galletas, suspiros, tortas por encargo, y así llegamos vivos a fin de mes. Ya es raro cuando compramos jamón o salimos a un centro comercial.

   Descubrí por estas madrugadas que tomar agua amortigua el hambre y la engaña. Pero no puedo dejar de pensar en el profesor Pérez y el rostro del profesor Saúl me persigue. Ese rostro del hambre, del desespero y también de quien calladamente sigue adelante. No tengo casi palabras para rellenar este escrito. Todo se me convierte en imágenes, rostros demacrados, gente que veo por las calles, tristes, cabizbajas, silenciosas, solitarias.

   Las veces que he ido a buscar a mi esposa a la universidad politécnica no escucho las risas ni la bulla de los estudiantes. Todo se nota enmudecido. Todo está quedando en cámara lenta. Las personas miran al suelo como buscando una moneda perdida. Hace varios días fui a llevar un documento de mi esposa a una oficina. Era mediodía. Los empleados comían en sus lugares de trabajo. Apenas una sacaba un pedazo de pan y lo mordía mientras me recibía la planilla. Cuando salí, por los jardines llenos de hojarasca, varias personas estaban almorzando mango verde y arepas. Cuando me vieron, disimularon reírse y ocultaron la fruta.

   -Es que en la universidad todavía hay dignidad, orgullo y vergüenza. -Eso es una muralla contra la tiranía, pensé. Pero después, reflexioné y me acordé de la vez que viajaba con mi entrañable amigo y poeta, Abraham Salloum Bitar. Mientras conversábamos sobre la indigencia, de pronto él me sentenció: -Si yo cayera en la extrema pobreza, llevado por un régimen tiránico. Si me acorralan y tuviera que refugiarme debajo de un puente para vivir. Preferiría suicidarme. No sé cuál sea el pensamiento de los cientos de miles de docentes universitarios que están cayendo en la miseria material. Ese contraste entre riqueza académica, intelectual mientras apenas se sobrevive con poco más de 1 dólar, es inmoral, obsceno y ofende la dignidad de un profesional. No sé, ni quiero pensar en ese doloroso contraste que estoy describiendo.

   No tengo palabras para narrar la miseria que veo en la universidad. Su fuente casi inagotable que ha sido la producción de conocimiento, mientras se practica el sentido de la justicia, la libertad y la democracia como virtudes y principios del Alma Nutricia, están siendo fracturados en sus dos bases esenciales: su población cívica (estudiantes, profesores, personal administrativo y de servicio), y el presupuesto para hacer academia/producir conocimiento (investigación, docencia y extensión). La universidad venezolana, hoy, es un inmenso colegio donde apenas se ofrecen clases y prácticas teóricas sobre documentación desactualizada. Laboratorios, bibliotecas, publicaciones, centros deportivos y artísticos, así como proyectos y asesorías externas, han pasado a segundo plano o dejaron de funcionar por falta de presupuesto. En cualquier centro universitario venezolano se ven las huellas del hambre, tanto en los rostros y vestimenta de sus profesores, estudiantes y demás personal administrativo y de servicio, como en el absoluto abandono de sus áreas verdes e inmuebles.

   Los profesores Pablo, Saúl, así como mi esposa y tantos miles de docentes-investigadores están siendo acorralados por el hambre, la marginalidad y la delincuencia que permite el régimen totalitario. Pero hay que resistir, persistir y no desistir. Hasta más allá del hambre y la miseria resistiremos. Los estudiantes no se quedarán desamparados. Nuestro destino es luchar con lo mejor que sabemos hacer: producir conocimiento.

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

domingo, 7 de diciembre de 2008

La Industria Petrolera Venezolana al muy corto plazo

LA INDUSTRIA PETROLERA VENEZOLANA

AL MUY CORTO PLAZO


La Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat advierte que es imperativo considerar, con la seriedad y plena voluntad de aplicar inmediatamente los correctivos que sean necesarios y suficientes, la situación a la que se enfrentará al muy corto plazo la industria petrolera venezolana.


Una industria productora de hidrocarburos de la magnitud de Petróleos de Venezuela, debe funcionar conforme a una estricta planificación operacional y gerencial, que tiene que ser revisada constantemente en función de los resultados financieros, así como de los cambios en el entorno nacional e internacional, en especial los precios del petróleo.

Los planes de Petróleos se ajustaban a los lineamientos del Ejecutivo Nacional, a fin de lograr una economía productiva, con la condición principal de un enérgico proceso de formación de capital nacional y una adecuada participación del capital privado. Los planes se centraban en las actividades medulares de Exploración y Producción y de Refinación y Comercio, y promovía la utilización mínima de los recursos financieros del sector público.


La Academia llama la atención a las significativas diferencias, que se han discutido con frecuencia, en relación al verdadero nivel de la producción y a la cuantía de las exportaciones. Los acuerdos, arreglos, préstamos, pactos y modos diversos de disposición del petróleo han reducido el flujo de caja de PDVSA a un mínimo.


Pero, además, el valor informado de la cesta petrolera venezolana se mantuvo impropiamente por encima del de la cesta OPEP durante setiembre y octubre del año en curso. En realidad, el precio disminuyó violentamente a la par que los precios internacionales, perdiendo desde fin de agosto a final de noviembre el 70% de su valor.


Si el futuro de Venezuela estuvo fundamentado durante las últimas décadas del siglo 20 y los primeros años del siglo 21 en los beneficios del mercadeo internacional del petróleo, para el quinquenio que termina con el 2008 la dependencia es absoluta y única.


La Academia estima que es preciso aceptar que se han perdido tres años en la ejecución del Plan 2006-12 de Petróleos de Venezuela, pues no se ha incrementado la producción de petróleo crudo o gas natural ni se ha avanzado en la construcción de la infraestructura requerida de operaciones de campo, refinación o petroquímica.


La Academia observa que se han certificado las magnitudes de petróleo-inicialmente-en-el-sitio de algunos de los bloques delineados en el campo Faja del Orinoco, pero hace notar con profunda preocupación la cuantificación de volúmenes llamados impropiamente “reservas”. Por otra parte, es de interés que se haya iniciado un programa de selección de socios, para el desarrollo de siete parcelas en el bloque Carabobo 1 y la construcción en Jóse de tres mejoradores del petróleo crudo extrapesado producido. El comienzo de la perforación de un pozo exploratorio de gas natural libre aguas adentro en el golfo de Venezuela por la titular del bloque otorgado también es importante.


Sin embargo, no se ha compensado en nada la declinación y el agotamiento de los yacimientos del subsuelo, solamente se han terminado 1500 pozos desde 2005 hasta 2007, la producción de líquidos del gas natural está por debajo de los niveles del año 2002, la mitad de los proyectos de recuperación secundaria por inyección de gas natural o agua operantes el año 1999 están inactivos, la siniestralidad de las refinerías del país crece, la flota petrolera nacional es ineficiente e insegura y los innumerables compromisos internacionales contraídos no podrán cumplirse.


En definitiva, estima la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat, que la situación en la que se encuentra la industria petrolera nacional producirá serios problemas económicos, sociales y políticos, si no se procede de inmediato a adelantar los correctivos apropiados. Para que la empresa matriz pueda contribuir efectivamente con el desarrollo sostenible del país, debería reestructurarse con una mayor participación de empresas privadas que contribuyan con capital, tecnología y mercados.


Caracas, Palacio de las Academias, diciembre de 2008

La Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat, fue creada por Ley sancionada por el Congreso de la República de Venezuela el 3 de setiembre y promulgada por el Ejecutivo Nacional el 17 de setiembre 1998 (Gaceta Oficial N° 5263. Extraordinaria, del mismo día).


El segundo artículo de la Ley de su creación estipula que la Academia tendrá por objeto contribuir al desarrollo de las ciencias, la tecnología y las artes vinculadas con las disciplinas de la ingeniería y el hábitat, y a los estudios relacionados con el aporte de dichas disciplinas al desenvolvimiento integral del país.

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